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Opinión

Anna Grau

Prioridades nacionales

Me gustaría compartir una situación -¿anecdótica?- que he vivido estos días. Salía yo de TV3 a bordo de un taxi. El taxista tenía acento latinoamericano. De repente me pide con mucha educación que le dé «30 segundos» y para el taxi. Baja la ventanilla y se dirige a dos mujeres de aspecto atribulado -una de ellas, con la nariz aparatosamente vendada…- a las puertas de un hospital. Y va y les dice: «Señoras, aquí no va a pasar ningún taxi, pero tienen una parada en tal sitio». Deslumbrante sonrisa agradecida -bajo un sol de justicia…- de las dos mujeres. «Mi» taxista vuelve a arrancar, disculpándose por la interrupción de 30 segundos de «mi» trayecto.

La empatía es personal e intransferible. Pero hay culturas que la favorecen más y menos. El individualismo, la autosuficiencia, el no meterte donde no te llaman, son virtudes muy de aquí. Es fácil caer en cierta exasperación cuando llega gente «de fuera» con otras maneras de proceder a las que da pereza adaptarse. ¿O envidia?

Otro ejemplo no tan reciente. Volaba yo a Ibiza en un avión de línea low cost donde a la que sacan el carrito de las bebidas ya no es que no se pueda circular por el pasillo, es que se te corta la respiración. Una amiga que viajaba en el mismo vuelo tuvo un percance menstrual. Le urgía pasar al baño, pero la azafata, y subrayo el detalle de que era mujer, se mantuvo pétrea: ni hablar de levantarse. De nada sirvieron sus súplicas ni su evidente estrés. Cuando al fin mi amiga logró llegar a la puerta del baño, se encontró un tapón de cuatro hombres haciendo cola. Todos paquistaníes. ¿Sería por eso que los cuatro se apartaron para cederle el paso sin preguntar, solo por tratarse de una dama? Observando la escena, me pregunté cuántos señores de aquí habrían reaccionado con esa caballerosidad instintiva… o instintiva humanidad. A veces el choque con culturas que creemos tener superadas, que nos gusta mirar por encima del hombro, nos saca los colores. De la prioridad nacional y del alma.

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