Opinión
Nuestros torturadores
Hay noticias que generan un efecto devastador. Informaciones que querrías dejar de leer, pero que algo parecido a la responsabilidad te obliga a continuar. Al periodista Sami al-Sai, un grupo de guardias lo rodearon, lo golpearon, lo desnudaron de cintura para abajo y lo violaron con una porra de goma y zanahorias. Una guardia le agarró el pene y los testículos y los apretó brutalmente. Todos reían. Al-Sai solo quería morir. Su arresto pretendía convertirlo en informante de la inteligencia israelí. Con el mismo propósito, desnudaron y esposaron a una mesa de metal a una mujer. Durante dos días fue violada por soldados israelíes. Después, la chantajearon con difundir imágenes de la agresión si no cooperaba. Un agricultor fue detenido durante meses sin cargos y violado reiteradamente con una porra metálica. Otro prisionero pasó meses hospitalizado recuperándose de las lesiones internas. Necesita una bolsa de colostomía.
Estos horrores y muchos más han sido recogidos en un amplio reportaje de Nicolás Kristof en The New York Times. Informes de las Naciones Unidas y del Observatorio Euromediterráneo de Derechos Humanos acusan a Israel de haber utilizado la violación como forma de tortura sistemática a palestinos. Una encuesta de Save the Children a menores de entre 12 y 17 años que fueron detenidos apunta que más de la mitad presenciaron o sufrieron violencia sexual. Probablemente son más. El estigma social aún pesa.
Netanyahu ya ha ordenado iniciar una demanda contra el diario. ¿Hasta cuándo la comunidad internacional va a seguir agachando la cabeza ante este genocida? Los cómplices ideológicos o a sueldo del gobierno de Israel se apresuran a tachar de antisemita cualquier crítica. ¿Por qué estos izquierdistas obsesionados con Israel no denuncian con el mismo brío los abusos cometidos en Sudán, Afganistán o el Yemen?, acusan. Por algo muy sencillo, porque ninguno de estos países es de ‘los nuestros’. Pero Israel, sí. La UE mantiene un acuerdo de asociación que otorga condiciones preferentes en sus relaciones políticas, comerciales y de cooperación a Israel. Qué risa esa cláusula que obliga al respeto de los derechos humanos. Israel es tan, tan de ‘los nuestros’ que ahí está en Eurovisión. Y también está el gobierno de Netanyahu invirtiendo desde hace años en las votaciones para tratar de demostrar que el mundo ama a Israel. Ay, los afectos comprados.
La narrativa totalitaria de Netanyahu busca el secuestro emocional de la población alimentando el trauma histórico de la amenaza perenne. Una ciudadanía atrapada en una espiral de terror, fatiga, letargo y rabia. Por otro lado, esa misma narrativa provoca múltiples desacuerdos en la opinión internacional, incapaz de consensuar una mínima ética común. El gobierno de Netanyahu es germen y motor de una atrocidad insoportable. Un desvarío de inhumanidad que va a perseguir a una o varias generaciones de israelíes ante la impotencia o la complicidad de medio mundo.
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