Opinión | Para empezar

Directora de Diario de Ibiza
Catarsis colectiva: gracias, Manolo

El cantante de El Último de la Fila Manolo García, durante el concierto en el estadio Metropolitano de Madrid este sábado. / EFE/ Daniel González
Nos sabíamos todas las canciones por orden, tal como sonaban en el disco, hasta los saltos abruptos de las rayadas. Era una época remota sin móviles, en la que padres enfurecidos por la factura del teléfono ponían candados que bloqueaban el dial del góndola para marcar, o contadores de pasos que revelaban charlas tan largas como intrascendentes. Pero la única medida verdaderamente infalible era colocar el aparato en la cocina-comedor para anular cualquier atisbo posible de intimidad adolescente.
Ha pasado una vida entre el concierto de El Último de la Fila en el Estiu Jove de Ibiza en agosto de 1990 y el del Metropolitano de Madrid, el pasado 23 de mayo, en el marco de la gira de su exitoso retorno, un auténtico acontecimiento para cierta generación. Trabajaba de camarera en un antro de hooligans en pleno West End, los tres meses del verano sin librar ni un solo día, pero no me lo podía perder de ninguna manera: avisé al encargado y me abroncó y amenazó con ponerme una «multa» de 10.000 pesetas. Era el 10% de mi sueldo, que cobraba en parte en negro, pues era el típico trabajo de temporada en la isla. Vale, le dije. Y me sumé sin dudarlo a las filas de aquella insurrección que ahora he recordado gracias a la magnífica crónica que firmó en este mismo diario Julio Herranz, entusiasmado por una «noche mágica» en la que se produjo una «catarsis colectiva que es muy difícil de conseguir», escribió. Más difícil todavía es lograrlo después de tantos años de retirada (se separaron en 1998), pero eso exactamente es lo que ocurrió en el estadio enorme del ‘Atleti’, abarrotado con 56.000 personas que cantaron cada canción durante más de dos horas en completa comunión con un Manolo García incombustible, pura energía, aferrado a una kufiya, el pañuelo palestino, que enhebraba un himno tras otro desatando la locura de un público entregado por completo, fascinado, rendido al ídolo-colega.
Y ahí estábamos las cuatro, desgañitándonos igual que todos los demás, bailando como posesas, como si no hubieran pasado 40 años y miles de cosas en este viaje desde el Pleistoceno analógico a la era de la IA. Gracias, Manolo, por poner música eterna a la vida.
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