Opinión
Viajar al pasado: la hemeroteca de Diario de Ibiza (I parte)

Viajar al pasado: la hemeroteca de Diario de Ibiza (I parte) / di
Como historiador, he pasado muchos años felizmente enclaustrado en diversos archivos investigando sobre mudéjares y moriscos valencianos, tema de mucha enjundia que da de sobra para convertirse en un genuino ratón de biblioteca. Justo lo dejé en plena metamorfosis, cuando me estaban creciendo ya bigotes y orejas de uno de esos esforzados roedores bibliotecarios. ¿Realmente quería yo acabar así? Había mucha vida fuera tirando de mi juventud. Así que quise probar a convertirme también en otros ‘animales’ menos sedentarios. Como, por ejemplo, en delfín, tal como explicamos mi kayak y yo en el anterior artículo (él dictaba y yo, sacristán de amén, escribía).
Sin embargo, el ratón aquel de biblioteca aún se me pasea por dentro con sus gafitas y su apetito de ciencia a cuestas, reclamándome que lo devuelva a su antigua rutina. Entiendo su desazón. No negaré que siento cierta morriña de aquella lejana etapa: me fascinaba investigar los siglos que nos precedieron a través de los documentos escritos por sus protagonistas.
Además, el polvillo de los legajos debía contener alguna propiedad psicótica que acababa por ‘colocarme’ lo suficiente como para aligerar el presente de mi cabeza y no padecer interferencias a la hora de trasladarme al pasado, viaje al que conviene ir con poco equipaje, sobre todo de nuestra época, tan invasiva −por soberbia− que ahora nos atrevemos a enjuiciar a nuestros antecesores con nuestros principios. Error garrafal éste que merece un suspenso en un examen de Historia. Esta no se juzga; se intenta comprender y explicar.
Añoro cómo en los archivos me liberaba mañanas enteras de las coordenadas temporales del presente, tan posesivas ellas; el placer de quedarme con las redes neuronales en cueros, de desnudarme de la contemporaneidad reinante a fin de entender mejor la mentalidad de otros periodos y culturas.
Así que algo de ‘mono de archivo’ sí que sufro actualmente, lo confieso. Aunque lo del polvillo ya es irrecuperable −el de los legajos, no me sean mal pensados−, a día de hoy sacio un tanto mi hambre de historia. Lo hago ‘buceando’ en Ibiza. No en sus calas, sino en un pasado que se remonta a varias generaciones atrás. Me estoy refiriendo a la hemeroteca de Diario de Ibiza, cuyo primer ejemplar se publicó nada menos que el uno de agosto de 1893. Por algo es el periódico decano de las Baleares.
Como lector, siempre le he dado preferencia a la prensa local sobre la llamada nacional, publicada en Madrid mayormente. (Por cierto, qué abuso cuando esta última nos trata a los de ‘provincias’ como a súbditos del Real Madrid al reservarle su primera plana a las ruedas de prensa de su presidente).
Leer la prensa local es esencial para entender nuestro propio entorno como ciudadanos, el más cercano, ya que contiene todo tipo de detalles de extrema utilidad práctica. Por otro lado, el enfoque de la información suele presentarse menos politizado, cosa que la salud mental del lector agradece siempre. La prensa local se centra más en la resolución de los problemas inmediatos de la ciudadanía que en los debates ideológicos, tan estériles como los teológicos en el pasado. Personalmente, siempre que he viajado a cualquier lugar de España mi primera tarea ha sido leer su periódico nativo; un inestimable recurso que me ayuda a ubicarme en el territorio y a ser capaz de descifrar su paisaje, tanto el urbano como el rural.
Por si todo esto fuera poco, consultar su hemeroteca permite reconstruir su pasado, como ocurre con la de Diario de Ibiza. En esta publicación está escrito el día a día de la historia de la isla. No leerla es ignorarla. Constituye una auténtica gozada poder remontarse hasta 1893 y luego avanzar año a año hacia delante. Contemplar y analizar cómo se van sucediendo los distintos contextos temporales, marcados por los regímenes políticos imperantes, el lenguaje, los usos y costumbres −las modas−, la evolución tecnológica −el utillaje material−, el progreso económico, los cambios sociales, la mentalidad, la cultura, el consumo… Todo un paisaje cambiante que desfila ante nuestra vista frente a la pantalla del ordenador cada vez que nos conectamos a esta valiosísima herramienta digital que es la hemeroteca; un auténtico túnel del tiempo, y sin salir de casa, degustando a la vez, si se desea, un café cargadito que dé mecha para mantener los ojos bien abiertos, que vale la pena. Mención especial merece el apartado de los anuncios comerciales que aparecen en las páginas de cada número. Nada sintetiza mejor a una determinada sociedad −y de forma tan sucinta− que la publicidad.
De lo almacenado en dicha hemeroteca se pueden destacar multitud de contenidos de toda índole. En lo que me queda de espacio, y en mis próximos artículos, desglosaré unos cuantos que a mí, en particular, me han llamado poderosamente la atención.
Empezaré por señalar lo curioso que me resulta la rapidez con que arraigó la denominación de Isla Blanca, el sobrenombre con que el pintor y escritor catalán Santiago Rusiñol rebautizó a la isla de Ibiza tras visitarla a finales de verano de 1912. Lo divulgó en 1913 a través de una serie de artículos que publicó en L’Esquella de la Torratxa, la famosa revista barcelonesa. Pues bien, ese mismo año Diario de Ibiza se hizo eco de dicho nombre, Isla Blanca. Tanta repercusión tuvo en poco tiempo, que el 19 de febrero de 1917 −solo cuatro años más tarde−, en un acto oficial que reunió a políticos ibicencos y mallorquines, el Gobernador Civil de Baleares pronunció en Palma un discurso en el que llamaba Isla Blanca a Ibiza. Vino a ser la ‘puesta de largo’ del citado nombre. (Continuará).
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