Opinión
Mayo
El tiempo bonancible, los días más largos y la eclosión de la naturaleza significaban pasar de la oscuridad a la luz

Mayo / D.I.
En todas las culturas mediterráneas del mundo antiguo tenía una gran importancia el tránsito del invierno a la primavera, cuando los campos dormidos despertaban y los árboles desnudos y secos recuperaban su verde arboladura. La llegada del tiempo bonancible, los días más largos y la eclosión de la naturaleza significaban pasar de la oscuridad a la luz y de la escasez a la abundancia, pues la floral emergencia de la primavera fructificaba en verano y otoño. Este cambio suponía dejar el fuego del hogar y la intimidad de la casa para salir al campo o a la calle y vivir de puertas afuera. El invierno podía despedirse con alguna sorpresa como la que ha querido aguarnos la Feria Medieval, pero no pasaba de un pequeño susto. En mayo, el invierno está vencido y la bonanza devuelve la confianza a los pescadores: “pel maig, a pescar me’n vaig”. Es un buen momento para los peces azules, verat, alatxa, sorel y sardina: “pel maig, sardina a la brasa i bon vi a la tassa”.
La actividad de la marina tenía su correspondencia en los bosques, donde se cortaba leña y se encendían los hornos de cal y las carboneras de las que se aprovechaba la ceniza para fabricar lejías, jabones y remedios de medicina casera. Era también el tiempo de la esquila que hoy se ha perdido, pero que en otros tiempos tuvo predicamento como nos recuerdan los elogios que Diodoro Sículo nos deja: “Entre los productos de la isla llamada Pitiusa sobresale la lana por su suavidad”. En los cultivos mayales aún se estaba a tiempo de entrecavar las viñas y eliminar los pámpanos para que los racimos crecieran ufanos. Las almendras tenían ya buen tamaño y era tiempo de plantar guisantes, sandías y melones. Mayo era también el tiempo de preparar los quesos. Por aquellos días, en casa teníamos siempre recuite que nos hacían en can Fontassa según la receta tradicional: la leche hervida se colocaba en tazones y cuando estaba tibia se le añadía jugo de cardo de alcachofa o un brote tierno de higuera con un pequeño corte que cuajaba la leche. Mi hermano Joaquín y yo nos la comíamos con canela y azúcar a cucharadas y nos chupábamos los dedos.
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