Opinión | Para empezar

Redactor Jefe
El último arañazo de Fito

Imagen de Fito
El sofá está para tirar, con la espuma rebosando de los brazos. Durante todos estos años ha sido la superficie preferida de Fito para mantener sus uñas bien afiladas. También las patas de la mesa, el mueble de la tele y algunas sillas, pero menos. Lo pienso mientras recojo sus cosas con lentitud.
Fito nunca fue el fósforo más brillante de la caja, aunque puede que su sordera total y ceguera parcial tuvieran que ver en esa expresión suya ensimismada y absorta. O que funcione aquí la guapofobia, esa tendencia a pensar que los extremadamente bellos, como era su caso, son tontos, aunque la inteligencia y la belleza no son vasos comunicantes.
Tampoco se puede decir que fuera cariñoso. No le gustaba que le tocaran y menos que le cogieran. Tampoco que le acariciaran su preciosa melena albina, que parecía que no había conocido nunca la sombra. Aunque a veces, en invierno, me concedía el honor de ovillarse en mi regazo o de dormir a mis pies en la cama. Eso sí, me seguía por toda la casa para poder atravesarme con el desdén de sus ojos transparentes mientras cocinaba, tendía la ropa, me duchaba o me sentaba en la taza.
Pero ahora que se ha ido para siempre voy a echar de menos cuando me miraba al hablar como si pudiera no solo oírme, sino también entenderme, como esos gatos de Bukovski que, sin saber nada, sabían tantísimo. Y también sus maullidos graves y amargos de reproche cuando llegaba tarde o desaparecía un par de días de casa -que solo podía calmar una golosina-, que me lamiera el pelo cuando me tumbaba en el sofá como si fuera su cachorro, sus trastadas, sus derrapes locos por el pasillo, sus intentos de fuga, sus miradas amenazantes de soslayo tras cualquier esquina, sus sesiones de solárium en el alféizar de la ventana, el dulce ronroneo de su sueño y hasta sus arañazos. La costra del último está a punto de borrarse del dorso de mi mano izquierda.
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