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Opinión

Sheila Albalate

Sheila Albalate

Docente en idiomas y técnico en Igualdad

Suplementitis Deluxe

Echo de menos aquella época en la que Deluxe solo era una banda. Ahora puede ser el apellido de un tipo de patatas, de un colchón, o de un programa de cotilleos. Y es que en inglés todo suena mejor. O aquellos helados de chocolate que traían trocitos de avellana ya incluidas, y no había que elegirlas aparte camufladas bajo un cartel donde dice ‘crunchy caramel hazelnuts’—que suena más comercial—. Ingredientes rellenos de morfemas acrobáticos y apellidos ingleses pensados para crear la falsa sensación de libertad: decidir qué mazacote azucarado nos llevamos a la boca. La realidad es que pagamos por nata sosa, tres euros; un ‘topping’, un euro y cincuenta céntimos; dos ‘toppings’, tres euros. Porque la capacidad de elección tiene un precio.

Antes de este capitalismo voraz, si querían, por ejemplo, cambiar el suelo de su casa, elegían la baldosa y aquello era cuestión de contratar al profesional y él ya se encargaba de lo engorroso. Ahora, sin embargo, donde dice madera suele ser contrachapado. Si ustedes buscan madera de verdad, prepárense para añadir apellidos: deluxe, extreme, supreme y demás. Circularán entre extranjerismos y prestaciones de letra pequeña como muchacho de ocho años ante su primer libro de elige tu aventura, expectantes y sin comprender bien el cuento. Solo que el final está establecido según el bolsillo que el comercial vivaracho detecte frente a él.

Si osan a dudar del proceso del cambio de suelo, les aconsejarán que quiten ustedes mismos el rodapié para ahorrar costes. Cómo no se les habría ocurrido antes. Cada fase de la compra estará tan atomizada que, después de una hora de suplementos enumerados como si se cruzaran con ellos en el ascensor todos los días, ustedes ya no sabrán si está pagando por adecentar su casa o por reformar el palacio de Versalles. Peldaños, cepillado de puertas, perfiles, remates, rebaje, adaptación, recorte, tratamiento, mano de obra especial y subida al domicilio —esto último me dejó fría, he de confesarlo—. Ahora nos venden las partes inevitables del proceso como accesorios. Un proyecto más despiezado que Frankenstein a precio de oro.

No puedo evitar sentir pena y la más profunda admiración por todas las que ejercen trabajos muy feminizados y maltratados profesionalmente, como las cuidadoras. Personas a las que les exigimos un todo incluido por un salario insuficiente para el coste de la vida actual. Cambian pañales, limpian mocos, median, cantan, juegan, alimentan, mecen, calman y cuidan del bienestar de seres dependientes. Han tomado las calles porque a ellas también les ha llegado la hora de comenzar a cobrar acorde a sus servicios prestados. Ellas sí merecen que se les retribuya por cada tarea atomizada que implica cuidar de la infancia.

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