Opinión
La mano en el fuego
Hay una forma de militancia que ya no piensa. Se entrega. Llega un punto en que el militante deja de discutir consigo mismo, deja de leer el periódico con los cinco sentidos y empieza a leerlo con uno solo: el de confirmar lo que ya traía decidido de casa. Lo demás es ruido, manipulación, bulo, fachosfera. Cualquier palabra sirve con tal de no tener que mirar.
En cualquier otro terreno de la vida, esta postura daría risa. Nadie presume de no ver los defectos del equipo al que anima domingo tras domingo. Nadie se jacta de defender una novela mala de su escritor favorito como si fuera la Ilíada. Cuando el cuñado se empeña en que su coche no consume, le reímos la gracia y cambiamos de tema. Pero en política no. En política hay quien ha hecho de la ceguera una bandera y del pudor un estorbo.
Y conste que no hablo de discrepancias puntuales, de esas que cualquiera tiene con los suyos. Hablo de algo más raro: la gimnasia mental diaria para que la realidad quepa, a empujones, dentro de un relato que hace tiempo se quedó pequeño. Hablo de gente capaz de torcer el cuello para no ver lo que tiene delante.
El caso Ábalos no es una anécdota incómoda. Es radiografía. Y lo más revelador no son los audios, ni los pisos, ni las maletas: es el silencio espeso que viene después. La rebaja automática. El «bueno, pero…». El reflejo de buscar enseguida un titular de la derecha que sirva de cortina. Como si nombrar otra cosa hiciera desaparecer ésta.
Con Santos Cerdán pasa lo mismo, en versión más fría. Da igual lo que se publique, da igual lo que se documente: la consigna era resistir. No por convicción —ya no quedan convicciones en esa esquina—, sino porque admitir una sola duda abría una grieta por la que se colaría todo lo demás. Y dentro hay demasiado que sostener.
Y luego está Zapatero, ese tótem mítico al que algunos protegen como si tocarlo trajera mala suerte. Da igual el contexto, da igual el viaje, da igual con quién se siente a hablar: cualquier pregunta es un ataque, cualquier reparo una traición. No se discute de Zapatero: se le reza.
Lo de la mano en el fuego ya no es figura retórica. Es literal. Se mete la mano por Ábalos, se mete por Cerdán, se mete por Zapatero, se mete por quien haga falta. Y cuando llega la quemadura —porque llega siempre, sólo es cuestión de paciencia—, no se retira la mano. Se aprietan los dientes. Se mira para otro lado. Se sopla disimuladamente o se mete la mano en el bolsillo para no verla. Cualquier cosa antes que aceptar lo más incómodo de todo: que llevamos demasiado tiempo defendiendo lo indefendible.
Aquí no hay ingenuidad. Aquí hay decisión. La decisión consciente de no mirar, de no preguntar, de no exigir. Porque exigir a los propios obliga a salir de la trinchera, a quedarse a la intemperie unos minutos, a soportar la duda. Y la duda, en según qué bandos, está peor vista que la corrupción.
Lo peor de todo no son solo los que defendieron lo indefendible. Peor todavía son los tibios. Los que no dijeron nada. Los que se quedaron en esa postura tan cómoda como indecente de esperar a ver qué pasaba, por si el naufragio dejaba restos aprovechables. Los que sospechaban, pero callaron. Los que intuyeron la podredumbre, pero prefirieron no comprometerse. Porque el silencio, en política, casi nunca es prudencia: suele ser cálculo.
Al final, lo más preocupante no son los nombres propios bajo sospecha. Lo más preocupante es la cola de gente dispuesta a quemarse la mano por ellos sin pedir explicaciones.
Eso ya no es compromiso. Es otra cosa, y se llama por su nombre: fanatismo.
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