Opinión
Lenguas de trapo

Lenguas de trapo / di
Una empieza a escribir por motivos no tan distintos a los que otros cosen, deshacen dobladillos o, cuando ya no queda más materia prima con la que prolongar la pieza —heredada del hermano mayor al pequeño—, acaba convertida en retales que refuerzan las coderas de otras piezas. O al menos así me gustaría pensar que funciona el mundo. Mil veces mejor que el usar y tirar —dónde vamos a parar—. Y una escribe porque no puede dejar de hacerlo, eso en primer lugar, pero tratando de estirar la historia, que no se pierda entre los deshechos del día a día.
Por ejemplo, en casa, no solo se escribían cartas a los Reyes Magos, sino que tuvimos la fortuna de que alguna vez nos respondieran. Que se tomaran el tiempo, entre mojar las galletas en una taza de leche, de incluir entre los paquetitos alguna misiva con apuntes sobre los puntos de mejora. Una especie de aprobado en junio pero en septiembre me traes una redacción de cómo ha ido tu verano, sin faltas y con buena letra, eh.
Otra vez lo que llegó al buzón fue un cuento escrito, dibujado y encuadernado a mano, en el que un niño muy muy parecido a los míos, descubría que comer lentejas ayudaba a chutar goles. ¡Los caminos de las proteínas son inescrutables!
Pero también pretendía anotar esas anécdotas que no interesan a nadie fuera de la sociedad limitada de una familia, no fuera a ser que, con el tiempo, se escapara algo importante. Esas mañanas de cumpleaños en las que todos te saltaban encima en la cama y el afortunado repetía “¡Cuéntame cuando estaba en tu barriga!” “¡Cuéntame cuando nací!” “¡Cuéntame cuando era pequeño!” y el resto iban interrumpiendo aportando detalles medio imaginados, medio recordados como a uno le viene en gana.
Me doy cuenta de que no lo hice y luego pasa lo que pasa: que algunas se perdieron, igual que a ratos tengo que mirar exactamente a qué hora nacieron. Porque no me acuerdo, aunque encumbren las doce cosas más notables que viviré en la vida.
Tampoco redacté un diccionario de nuestro idioma inventado, repleto de palabras retorcidas. Mario pidiendo que sonara otra vez el disco de “Fiti y Fitopaldis”. Cuando llevé a Diana —que habla desde que la conozco— a urgencias con dos años porque se había clavado una espina de pescado y el doctor que con santa paciencia la atendía le preguntó: “¿te duele aquí —señalando—, en el cuello?” Y ella me miró horrorizada antes de contestar: “¡Nooo, en el cuello no, en la garganta! ¿No ve que me he clavado una ‘espinaca’ por dentro?”. Óscar usaba como expresión “Ay, Hitachi” queriendo decir “Ay, mecachis” y cualquier combinación de “aristrocratra” —con muchas erres— antes de decir “aristócrata”, y es memorable cuando le llevaba con otros amiguitos en el coche y les contó que después de dejarles su madre “se iba a hacerle una felación a un juez” que corté de un grito “¡Apelación! ¡A-pe-la-ción!”.
Cuando llamó el jefe a su padre y alguno contestó de puntillas que estaba cagando o aquella maldita ocasión en que trabajaba en un resort de Dominicana y pasé lo más deprisa que pude con mi hijo de la mano —porque lo conozco como si lo hubiera parido— frente la mesa donde comían todos los altos cargos con sus parejas, con tan mala suerte que la mujer del director le preguntó al pequeño si le gustaba República Dominicana y contestó: “Cuando mi madre era pequeña se comió un supositorio”.
Y así, un sinfín de catástrofes y palabros fruto de los enredos de sus lenguas de trapo, y sin embargo, no recuerdo su primer mamá —de hecho, las primeras palabras de Mario estoy casi convencida que fueron “esto no es justo”—, y de vez en cuando, los minutos en que nacieron se me escurren. Será acaso que no importa tanto, supongo. Que era como mucho parte del ensayo-error. Eso, o que no lo anoté cuando era el momento propicio y quedamos a merced de versiones cambiantes entre recuerdos borrosos e historias reinventadas.
Tres hijos repartidos en diez años —y entre muchas o muchísimas dificultades—, y sin embargo hubo un mínimo común denominador que, de todos ellos, los profesores en la escuela siempre resaltaron: eran niños muy felices y tenían un vocabulario muy rico. No siempre acertaban todas las letras, hay que decirlo, pero... hasta me parece que era mejor así. Y en realidad, hasta puede que no fueran circunstancias aisladas, sino de esas que se retroalimentan. Pero qué sabré yo, que antes que veinte camisetas nuevas fabricadas en dudosas condiciones, prefiero de largo uno de esos abrigos heredados, de padres a hijos, aunque esté lleno de remiendos.
He aprendido en esta vida de lo bueno y de lo malo / me he elevado por el cielo y me he arrastrado por el barro. / Más de treinta y cinco años y doscientos diez defectos / y he tocado la locura con la punta de los dedos. / Voy mirándome en los charcos, / yo no necesito espejos. / Sé que soy mucho más guapo / cuando no me siento feo. / Nunca me han interesado ni el poder ni la fortuna / lo que admiro son las flores que crecen en la basura.
‘Feo’, ‘Fiti y Fitopaldis’.
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