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Opinión

Arte contemporáneo

Ya sabemos que la calidad del esperma ha ido menguando con el tiempo y de lo que se trata es de encontrar la fórmula para revitalizarlo

Hace un año, más o menos, un joven de origen chino llamado Eric Zhu, cofundador de la empresa Sperm Racing, organizó una carrera de espermatozoides. Poca broma: esa ‘startup’ recaudó más de un millón y medio de dólares para montar la World Cup 2026, que se anuncia como “el deporte más diminuto del mundo”, una nueva forma de entender la práctica deportiva relacionada con la salud. Esto es lo que dicen, claro, porque no hay ninguna chorrada, en el mundo, que no venga acompañada de lo que podríamos calificar como aparato teórico. Ya sabemos que la calidad del esperma ha ido menguando con el tiempo y de lo que se trata es de encontrar la fórmula para revitalizarlo.

Una adaptación del invento americano es la base de la instalación Things to Come, en el pabellón danés de la Bienal de Venecia. Ya que la motilidad de los espermatozoides parece aumentar si consumes pornografía, la reflexión artística se fundamenta en la influencia de estas imágenes y en el control sobre la fertilidad. O algo por el estilo. La cuestión es que en Venecia también hay un circuito de carreras adaptado a los minúsculos organismos que sabemos cómo son porque vimos, hace ya muchos años, aquella película de Woody Allen.

En el Hollywood Palladium de Los Ángeles, el campeonato del mundo se llevó a cabo en un tubo que simulaba el sistema reproductivo femenino, con una realidad ampliada 40 veces, para que el público, que pagaba una entrada, pudiera seguir la carrera con atención. Los dos hombres que competían armaron en la intimidad su ejército y tras pasar por un proceso de coloreado en el laboratorio (había que entintar los espermatozoides de azul y rojo, para poder distinguirlos), un propulsor los soltaba hacia la meta. Desconozco cuál de los dos colores ganó. Hubo estadísticas, clasificaciones y repeticiones de la jugada. En Venecia, también. Y también se exhibe una bañera hermética donde una chica bucea en los meados que provienen de dos urinarios portátiles donde los visitantes literalmente se mean. No hace falta esperar a que venga el meteorito. En serio, no hace falta.

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