Opinión
Un aeropuerto para exprimir más a Ibiza

Imagen parcial de la fachada principal del aeropuerto de Ibiza. / Toni Escandell Tur
En Ibiza es muy difícil, casi imposible, que la sociedad entera se ponga de acuerdo en algo. Ocurre en contadísimas ocasiones y sólo cuando se ciernen amenazas rocambolescas hacia nuestro modo de vida. El ejemplo más contundente lo vivimos hace una docena de años, cuando se produjo la gran movilización en contra de las prospecciones petrolíferas, a la que se sumaron colectivos ecologistas, sociales y empresariales, así como todos los partidos políticos. Mientras aquella espada de Damocles pendía sobre Ibiza, no se escuchó una sola voz interna en apoyo del despropósito y miles lo rechazaron.
Ahora, AENA, la empresa pública que gestiona los aeropuertos españoles, parece empeñada en volver a poner de acuerdo a los ibicencos, esta vez en su contra. El año pasado, el aeródromo recibió la friolera de nueve millones de pasajeros y este año se han programado vuelos para diez millones, en una isla tan minúscula y saturada. Ahora dicha entidad planea ejecutar una ampliación faraónica destinada a multiplicar su capacidad de tráfico, recibir más jets privados y crear nuevos macroespacios para vips.
El disparate perpetrado por AENA se encuentra ahora en periodo de licitación de una asistencia técnica para redactar el proyecto del nuevo diseño. El pliego establece transformar integralmente las instalaciones durante la próxima década, con una inversión de 230 millones de euros y reorganizando por completo la infraestructura. Se planea construir un nuevo dique de embarque en el lado que mira hacia la torre de control, con unas dimensiones aproximadas de 170 metros de largo por 24 de ancho, en dos plantas, donde se acogerán vuelos no Schengen procedentes de países como el Reino Unido, Marruecos o Estados Unidos, entre otros. La ampliación supondrá pasar de las actuales 17 puertas de embarque a un total de 32, lo que significa casi doblarlas, y además se construirá una gran sala vip de 2.000 metros cuadrados y habrá más tiendas y restaurantes.
Como no puede ser de otra manera, el proyecto de AENA ha despertado las iras de casi toda la sociedad ibicenca, primero por lo evidente: la entidad pública no ha informado a nadie, a pesar del impacto ambiental y de que afectará de forma colosal a la situación de la isla. Imaginemos que esos nueve millones de pasajeros pasan a ser doce, quince o incluso más. El organismo pretende hacer y deshacer a su antojo, sin atisbo de consenso, pese a que los ibicencos estamos en nuestro derecho de exigir que no empeore aún más nuestra calidad de vida.
Pero no sólo se trata de saturación, sino del modelo de turismo que queremos y que, siguiendo la apuesta de AENA, consiste en traer a cada vez más turistas con estancias relámpago, de 24 o 48 horas, para acudir a las fiestas de las discotecas y los beach clubs, y que no pisan restaurantes tradicionales, comercios, ni otra clase de negocios. O sea, muchos más vuelos, mayor cantidad de turistas y la contaminación disparada. Ello, en lugar de centrarnos en poner límites y traer un perfil de turista que pase más tiempo entre nosotros y genere una mayor redistribución de la riqueza. No se puede ir más en contra del interés general que el modo en que está actuando AENA. En esta isla enferma de avaricia, el turismo ha dejado de ser fuente de riqueza y bienestar para convertirse en un agente depredador de la calidad de vida, salvo para los cuatro de siempre.
El primero en calificar la macroampliación del aeropuerto de “demencial” ha sido el GEN-GOB, que además ha subrayado la proximidad del Parque Natural de ses Salines. También el Govern balear y el Consell Insular, ambos liderados por políticos nada sospechosos de pertenecer a movimientos antiturísticos, se han declarado completamente en contra de una ampliación del aeropuerto que signifique más presión.
Incluso el Institut d’Estudis Eivissencs ha ironizado con que si después de esta obra AENA pretende construir una nueva pista de aterrizaje que llegue hasta el parque natural. Y durante la reciente reunión de la Mesa de Diálogo del Agua, en la que están representadas entidades ecologistas, agrícolas y empresariales, también se rechazó frontalmente la ampliación del aeropuerto.
Decía antes que las intenciones de AENA han generado un intenso malestar entre “casi toda” la sociedad ibicenca. Por el momento, los socialistas de la isla, que pertenecen al mismo partido que actualmente gobierna los aeropuertos españoles, no se han pronunciado al respecto y ya están tardando.
Ibiza no puede tolerar más injerencias de empresas públicas que, en lugar del bien común, sólo miran hacia su cuenta de resultados. Y visto el caso que AENA ha hecho a las instituciones ibicencas al empapelar la terminal con anuncios de discotecas, ya podemos imaginar su disposición a modificar el proyecto en base a las demandas de la ciudadanía. Esta obra, en definitiva, no se puede tolerar. Cueste lo que cueste.
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