Opinión
«Yo soy racista»
No creo que siempre se cumpla el dicho de que una imagen vale más que mil palabras. Pero, a veces, no hay discusión. Asturias celebra que la cultura de la sidra haya sido declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Y no me extraña porque, más allá de los beneficios económicos, el ritual de convivencia, el peso de la historia y el disfrute que acompañan su consumo merecen ese reconocimiento. Igual escanciar unas botellas de sidra en el Congreso de los Diputados, por ejemplo, serviría para bajar decibelios de ese ruido infame que nos regalan sus señorías cada dos por tres. Ya lo canta un ilustre asturiano como Víctor Manuel, en su último disco. «Salgan a la calle a emborracharse, no hagan dentro del Congreso cada día botellón. Son los padres de la patria, den ejemplo a la nación».
Total, ahora que otros patriotas, los de la «prioridad nacional», buscan subterfugios para intentar que no se les llame a la cara lo que son, unos racistas de tomo y lomo, me dio un subidón de moral conocer al campeón asturiano de escanciar sidra. Es negro como el carbón. Pero no del carbón de la mina (su padrastro era minero) sino de su madre, natural de Guinea, de donde salieron cuando él tenía trece años. Hoy tiene cuarenta y tres, se llama Salvador Ondó, y tira de retranca al recordar cómo le miraban, y los comentarios que escuchaba, cuando entró en ese mundo tan identitario de la sidra. Imagino que a más de uno de los cincuenta mil asturianos que votaron a Vox en las últimas elecciones, ver al negro escanciando sidra le debe explotar la cabeza; o que acompañe a Rodrigo Cuevas en su recién estrenada gira. Olvidando, seguramente, que trescientos cincuenta mil asturianos tuvieron que salir de España el siglo pasado para buscarse las habichuelas.
Un viaje idéntico al que ahora se ven forzados, por ejemplo, magrebíes y subsaharianos. Si alguien siente empatía y cariño por aquellos españoles (asturianos, gallegos, andaluces, vascos...), pero es incapaz de aplicar los mismos sentimientos a otras personas, solo por su origen, que se mire al espejo y no lo dude más: «yo soy racista».
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