Opinión
Cómo pagar una deuda
De pronto recordé que debía dinero a una persona, y que esa persona había muerto hacía tiempo. Se me puso mal cuerpo. Esto sucedió el martes, a esa de las diez de la mañana, que no es temprano pero tampoco tarde; me temo que las diez representan esa hora complicada que no se sabe qué hora es. Justo en ese instante, el del estrepitoso recuerdo, estaba yo jugueteando con los ‘Diarios’ de Iñaki Uriarte, un autor perfecto para cualquier día, pero sobre todo perfecto para esos intervalos en los que te debates entre hacer varias cosas, ninguna que te despierte el menor apetito, y entonces coges uno de sus ejemplares y estás salvado porque ya no tienes que hacer nada más: superaste el ‘match point’. Me encontraba a la altura del epílogo del volumen en tapa dura en el que Pepitas de calabaza reunió hace unos años los tres libros de diarios. En concreto, estaba leyendo la siguiente entrada, titulada ‘La grandeza de S.’: «A la salida del funeral que había sido multitudinario, María y Jose hablaban de él con lágrimas en los ojos. ‘Y pensar que a más de la mitad de los que están aquí les debía dinero’, dijo Jose».
Las deudas del señor S. me arrastraron inopinadamente a las mías. Casi tuve que tragar saliva como un pavo. La literatura fuerza también esta clase de viajes en el tiempo: el tuyo personal. El amigo, al que debía el dinero, era el escultor Luis Borrajo, quien falleció hace veintiún años de un modo tan repentino como el hecho que me hizo acordarme de él esta semana.
En 2002, tres años antes de su fallecimiento, había entregado el último encargo público de la ciudad de Ourense: la figura en cobre de una mujer desnuda, de unos dos metros, tumbada sobre un pedestal de granito. Aquella pieza marcó un hito en su carrera, pues hasta entonces se había mantenido alejado de la escultura figurativa, y bajo la influencia de artistas como Oteiza, Chillida y de corrientes como el constructivismo alemán. Durante meses, en tanto que vecino de Vilardevós, asistí a los trabajos preparativos de la obra, que en una primera fase dotaba a brazos y pies de una posición que el cuerpo humano no puede adoptar físicamente, lo que situaba a aquella mujer tumbada en una fascinante posición, a medio camino entre la figuración y su negación. Aquella arriesgada propuesta parecía tan decidida que Borrajo encargó una tirada de cuarenta y cinco miniaturas en cobre de la escultura, de apenas cinco centímetros de longitud. La mujer ni siquiera tenía cabeza.
El caso es que quise quedarme con una de esas piezas, que mi amigo vendía al precio de veinticinco mil pesetas. Pasó entonces lo de casi siempre: cuando me la dio, no tenía el dinero encima, cuando lo tuve, e iba a llevárselo, Luis no estaba. Después no estuve yo, más tarde en algún momento juntos dije «Tengo que pagarte», a continuación él respondió «Ya me pagarás». Una cosa llevó a la otra, o más bien no llevó, se echó encima el olvido, mi amigo falleció, transcurrieron dos décadas, y ahora me pregunto en qué lugar quedo en esta historia, qué valor tienen las veinticinco mil pesetas y si hay todavía algún modo de saldar esa deuda.
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