Opinión
Mi hermosa tintorería
Faltaba poco, pero todavía faltaba, para que estallara la monstruosa crisis de 2008. La que empezó en las fauces de los lobos de Wall Street, soplando y soplando hasta casi derribar la casita de los tres cerditos de la economía no meramente americana, también mundial. Lo impresionante de estas cosas es que nadie las vea venir.
Por aquellas fechas visitó Nueva York, donde yo vivía, una delegación de Banc Sabadell, que dio lugar a una cena de periodistas donde yo, camino de los postres, intuitivamente y sin pensar dije: “esto se acaba, esto va a petar”. Silencio sepulcral. Sobre todo de mis colegas especializados en finanzas. “¿Por qué dices eso?”, me preguntó uno de ellos. Yo respondí: “Porque en mi barrio, en Brooklyn, acaba de cerrar una tintorería de unos coreanos que llegaron hace 26 años con una mano delante y otra detrás, trabajaron duro y bien, mandaron a tres hijos a la universidad, se hicieron imprescindibles para el vecindario…y ahora no pueden pagar el alquiler”. Noté en seguida que mi espontáneo comentario decepcionaba a los presentes. ¿Eso era todo lo que yo tenía que ofrecer? Educadamente, cambiaron de tema.
No todos hemos nacido para ricos. Pero hay que tener cuidado, mucho más que antes, para no acabar siendo más pobres que en las peores pesadillas de nuestros abuelos y nuestros padres. Esas que creíamos haber dejado para siempre atrás. Pues no, oiga. La economía no es solo tener o no tener dinero. Es tener o no tener comunidad. Sentido.
Ojalá muchos lectores disfruten tanto como he disfrutado yo de las historias de coraje, perseverancia, creatividad y hasta reinvención que El Periódico nos acerca hoy, en un vibrante homenaje al comercio de proximidad. Pero, como bien dice uno de los entrevistados, el mejor homenaje es hacer gasto. En estos negocios. No pasar de largo por prisa, por pereza o por los cantos de sirena de “lo más barato”, que a veces es lo que se acaba pagando más caro. A todos los niveles.
Ir a la panadería de toda la vida o al mercado, comprar pulseras de autor, asegurarse para variar de que hay vida más allá del online, no es sólo un síntoma de sensibilidad y de buen gusto. Es casi autoterapia. En mi barrio actual, en Ciutat Vella, hay una tintorería (otra) regentada por una señora argentina con la que he desarrollado una de mis relaciones personales más entrañables y cómplices desde que, hace cinco años, volví a vivir en Barcelona. Nos hemos cogido confianza. Yo le llevo la ropa, ella no tiene necesidad de darme ningún papel. Yo ya sé que cuando vaya a recoger estará todo y estará perfecto. Pago siempre al contado, nunca con tarjeta, porque no me da igual que le cobren comisión. Charlamos. Nos sonreímos. Nos apreciamos. Me siento mejor persona desde que soy clienta suya. El mundo parece menos áspero.
Ah, y no olviden lo que hablábamos: mientras esa tintorería de autor aguante abierta, yo sé que aún queda esperanza, aún no hemos tocado fondo. Todos y cada uno.
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