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Opinión

Limitación a la incomodidad

Hay que gestionar el incremento desmesurado de visitantes

Vista general de ses Salines de Formentera

Vista general de ses Salines de Formentera / Gerardo Ferrero

Las ciudades, incluso aquellas pequeñas localidades que centran su PIB en el turismo, ya sea por el atractivo de su historia, su arquitectura singular, por los lugares de ocio (léase en nuestro caso playa, sol y entorno) y otras lindezas que la naturaleza nos ha otorgado, tienen ante sí la responsabilidad de gestionar el incremento desmesurado (en algunos casos) del número de visitantes y por tanto de vehículos a motor, ya sean particulares o de alquiler. Cada vez más, como sucedió aquí, los municipios limitan el número de vehículos a tenor de las infraestructuras existentes y de las posibilidades de dar servicio adecuado a las necesidades que genera ese sector. Algunas ciudades, como Lucca, en la Toscana, prohíben la circulación en sus calles a excepción del servicio de entregas a la hostelería y derivados a unas horas determinadas, el resto del tiempo es para servicios esenciales y las bicicletas (no pude determinar en su día si eléctricas también). En otras localidades, con centros históricos que son el principal atractivo, todavía permiten (me dijeron que por presión comercial) la circulación. Lo primero que se te pasa por la cabeza cuando transitas por sus calles es preguntarte por qué no prohíben los coches por aquí. En algunas, la cantidad de personas circulando por esas calles que a la vez son su mejor imagen, pero también su oferta comercial más importante, es tal que se hace difícil compaginar coches y gente. Terminas por marcharte y dejar para otra ocasión a pesar de haber hecho muchos kilómetros para llegar hasta allí. Formentera fue en su día pionera de esa limitación que hoy va de ayuntamiento en ayuntamiento para satisfacer una demanda de los residentes que en plena temporada ven cómo su índice de comodidad desciende considerablemente. Ajo y agua, que diría un castizo. No se puede pretender aumentar los ingresos por turismo sin soportar con estoicismo y cierta paciencia los inconvenientes que origina. Pero sí que podemos pedir a las administraciones soluciones eficaces, como han adoptado en localidades con el mismo problema. Párquines disuasorios y un servicio de transporte público que invite a dejar el coche (o por obligación legal, me da lo mismo) y que te deje a pie de los lugares de interés o, como en nuestro caso, en las playas más solicitadas. Es muy difícil convencer a unos ciudadanos acostumbrados a que les lleven hasta el sofá de casa en el ascensor, a que cojan un bus. Pero la perseverancia, acompañada de un servicio eficaz, hará que nuevas generaciones se adapten a esa forma de ver una ciudad.

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