Opinión
Lola Galovart
Dedicado a las «superwomen»
Esta pequeña columna nace de la certeza de que las madres de la democracia hemos obviado enseñar a las hijas comportamientos sexuales empoderados, tarea compleja sin duda, dado que hemos interiorizado un modelo sexual normalizado que, en lo fundamental, ha consistido en priorizar la satisfacción de los deseos masculinos por encima de los nuestros, relegados al silencio, ocultos en la vergüenza o diluidos en la complacencia, ajenos siempre a nuestro cuerpo, nuestro Stradivarius.
La certeza abarca también al hecho de no haber inculcado a las hijas la necesidad de la corresponsabilidad familiar con sus parejas, cosa harto difícil siendo como hemos sido cuidadoras y amas de casa, y más aún si, además, hemos tenido que afrontar una doble jornada laboral.
Y así, pese a las dos omisiones educativas mencionadas, las madres de la democracia hicimos lo que pudimos: inculcarles a fuego los valores de la igualdad y la libertad; junto a los padres, ofrecerles la mejor educación que estuvo en nuestras manos; alentarlas a dejar aflorar sus ambiciones, a seguir su propio camino y a no rendirse; ayudarlas a conciliar su vida familiar y profesional para que pudieran ser buenas profesionales y buenas madres; cuidar también de sus parejas para que soportaran el impulso de libertad de ellas; estar presentes cuando nos necesitaran; ejercer de guardería si era preciso y suplirlas en sus momentos de ocio y expansión.
Ellas son auténticas superwomen: excelentes profesionales, madres, esposas y cuidadoras, además de mujeres guapas, con cuerpos trabajados.
Pero las veo y me canso. Te cansas, me canso por lo que hemos hecho; me canso, te cansas por haber reproducido, sin querer y al cuadrado, el modelo agotador de superwoman que hemos sido. Y no, no es eso, no es eso.
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