Opinión
¿A quién molesta tanto Es Puetó?
Cuando era pequeña, vivía en es Pouet. Entre el restaurante Es Puetó y la valla de nuestro jardín sólo había arena. Vivía en una casa sobre un varadero y con una terraza que tenía unas grandes puertas correderas que, al abrirse por completo, permitían que la brisa salada llenara todos los rincones. Desde el muelle de Es Puetó, vimos la sombra de la manta gigante que, un buen día, entró en la ensenada provocando un revuelo que hoy se me antoja disparatado pero que es parte de la historia de la bahía. Los hermanos mayores de uno de los amigos del barrio la vieron mientras buceaban, nos sacaron del agua, a rastras, a los más pequeños y acabamos todos en el muelle oteando el mar en busca del perfil de un monstruo que no era tal. En el muelle de Es Puetó nos clavamos más de un anzuelo que mi abuela nos sacaba, allí mismo, de algún pie mientras un camarero sostenía el setrí del aceite que usaba para la extracción. Y celebramos más de un cumpleaños en Es Puetó.
Hace cincuenta años, Es Puetó ya existía. Y el Hawai y el Osiris. Pero es probable que no hubiera ni un diez por ciento de los bares y hoteles que hay ahora en toda la bahía de Portmany. No existían ni el Ocean Beach —con sus denuncias por ruido y su exceso de plástico— ni el hotel Seaview de Port des Torrent, que cuando se levantó ya era una aberración. No había beach clubs (o análogos) apoderándose de la costa hasta Cala Gracioneta ni los bares que se arrogan la invención de la puesta de sol se habían adueñado de las rocas de primera línea a base de instalar tarimas.
Sin embargo, y entre todo lo que podría elegir, Costas quiere cargarse Es Puetó porque considera que el litoral de la isla ya está muy saturado de servicios de temporada. ¿En serio? Y, ¿cuándo, exactamente, se han dado cuenta en este organismo de que estamos saturados? El Tribunal de Justicia de Balears ha avalado las intenciones de Costas después de que la viuda del antiguo explotador de la concesión recurriera a la Justicia. El tribunal, y en eso sí acierta de pleno, señala que la Administración debe valorar el interés general de proteger la costa y garantizar su uso público. No habría nada que objetar a tal obviedad si no fuera porque no vemos a la Administración —a ninguna— tan preocupada por el dominio público cuando nos lo roban ciertos empresarios y ciertos poderes.
Hace cincuenta años, Es Puetó ya existía. Pero podríamos dar la vuelta a la isla y elaborar una lista de todas las invasiones de nuestra costa que se han sucedido en medio siglo. En Platges de Comte, podemos preguntarnos qué pasa con sus chiringuitos y con esas villas que han cortado el paso público y construido sus plataformas privadas en las rocas, algo que, por cierto, se ha denunciado en más de una ocasión sin que en Costas se hayan dado por aludidos. Y, ¿qué me decís de ses Salines y des Jondal? ¿Quién permite que haya beach clubs en pleno parque natural? ¿Quién permitió que simples chiringuitos de playa se convirtieran en ruidosos macronegocios? Villas y beach clubs privatizan el litoral a lo largo y ancho del contorno pitiuso sin que a Costas parezca importarle. Si navegáis desde el puerto de Santa Eulària hasta Pou des Lleó, por ejemplo, quizás os sorprenda —o no— la cantidad de plataformas de hormigón que encontraréis en el filo entre tierra y agua, todas ellas con sus consiguientes escalones que conducen a alguna vivienda.
¿Dónde estaba Costas cuando Six Senses —el rey del greenwashing— encementaba las rocas para que sus clientes pudieran bajar hasta el mar en chanclas sin partirse la crisma? Y, ¿dónde estaba cuando el Ayuntamiento de Santa Eulària decidió ahogar bajo el cemento el entorno de es Caló de s’Alga por completo? ¿Por qué, al remodelar el paseo, no se recuperó la zona de dominio público en lugar de cubrir las rocas con hormigón? Y, ya puestos, ¿hacia dónde miraba la oposición?
Entiendo que la restauración de la costa es importante. De hecho, la renaturalización del litoral ante la actual crisis climática debería ser una prioridad y todos los paseos marítimos proyectados —como el que, por cierto, afecta a la bahía de Portmany— deberían cancelarse, igual que la reconstrucción de pasarelas que el mar ya se ha llevado en más de una ocasión. Deberíamos estar devolviendo a los ecosistemas lo que les pertenece porque, con ello, nuestras costas serían más fuertes y no estaríamos perdiendo la arena de las playas. Todo ello es cierto. Pero que, a la hora de decidir por dónde empieza a recuperar los espacios litorales públicos, a Costas se le ocurra mirar hacia Es Puetó —hacia el chiringuito que es parte de la historia sentimental de los ibicencos— es significativo. Es un patrón de conducta muy claro; lo que está pasando en Ibiza, con la complicidad (y el servilismo) de nuestras instituciones y de sus organismos, es mucho más que la aniquilación de un territorio entregado a la especulación y a las técnicas mafiosas de los empresarios de la destrucción, es un genocidio cultural. A los ibicencos nos quieren callados y sin referentes. Sin identidad. Para que el sector turístico convierta la isla en su parque temático sin oposición. De hecho, que nos robaran un castillo para levantar un parador (léase un hotel de lujo, otro) también es un ejemplo de esta anulación, aunque lo vistan de seda, consenso y orgullo patrio.
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