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Opinión | Para empezar

Cristina Martín Vega

Cristina Martín Vega

Directora de Diario de Ibiza

La Ibiza de Mad Max

El fenómeno de Ibiza se estudiará algún día en las facultades de Sociología: cómo en una isla tan pequeña pueden convivir el lujo más obsceno con la miseria también más obscena, la de los trabajadores necesarios para mantener en marcha esta próspera maquinaria económica. Ya coleccionamos desalojos de poblados chabolistas: seis en solo dos años. Los expulsados buscan cualquier lugar que puedan transformar en algo parecido a un hogar. Una enorme estructura inacabada desde hace años al borde del mar en la bahía de Portmany es otra modalidad de asentamiento de infraviviendas, donde malviven un centenar de personas. Algunos de los nuevos residentes proceden del poblado de sa Joveria, desalojado hace unos días. Desde fuera se ven las tiendas de campaña instaladas sobre el hormigón, las telas y plásticos con los que protegen su intimidad los habitantes de este escenario apocalíptico; la ropa tendida en cuerdas entre los pilares desnudos. Hay uniformes de trabajo secándose. Cacerolas costrosas pero bien colocadas sobre una mesa, como si estuvieran en una cocina. Tiestos con plantas que alguien cuida en mitad de la desolación, entre escombros y basura.

La Ibiza más exclusiva y lujosa, la de los megayates, las tiendas carísimas, las villas, los restaurantes exquisitos, hoteles, beach clubs de precios astronómicos. La Ibiza Mad Max, la de la distopía absolutamente real y actual, el desastre social que toleramos porque se normaliza todo a fuerza de verlo cada día. O, más bien, de querer no verlo hasta que, efectivamente, no lo vemos; o consideramos, desde nuestra atalaya de privilegio y nuestra arrogancia, que es el peaje que hay que pagar por el «éxito» de la isla. La Ibiza de la supervivencia, donde las familias se hacinan en habitaciones, en viviendas compartidas con desconocidos; donde por un habitáculo piden más, mucho más de lo que se cobra en un mes. La Ibiza salvaje donde gran parte de la población está a un paso de la exclusión social, de esa estructura abandonada convertida en campamento postcatástrofe. Qué paradoja, qué inquietante simbolismo: el esqueleto de hormigón es de un hotel que se quedó a medias, convertido ahora en refugio de desharrapados expulsados a la cuneta por el mismo sistema que los necesita para funcionar. La mayoría de los sintecho tienen trabajo, pero eso no les salva. Que te echen del piso, que te suban el alquiler, una enfermedad, una separación... Quien no tiene la vivienda asegurada está en la cuerda floja, más cerca de la chabola. En esta isla Mad Max, en este paraíso de opulencia que se levanta sobre cimientos de barro cada vez más precarios y vergonzosos.

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