Opinión
Juventud en trincheras
Sobre el mapa, unos trazos convertidos en trincheras. Líneas que sueñan con convertirse en muros y devenir fortalezas que dominen el horizonte. En ese mosaico de identidades, cada vez más jóvenes visten su mente con ropajes de soldado: el futuro es una amenaza que solo puede conquistarse combatiendo al enemigo. La ‘causa’ como aglutinadora de individualidades. La ‘causa’, sea la que sea, como identificación y pertenencia. La fraternidad ya no está abierta a todos los conciudadanos. La igualdad ya no implica compromiso. ¿Solidaridad? ¿Derechos humanos? Palabras viejunas que los padres se encargaron de (mal)gastar.
Una encuesta reciente del Instituto francés de opinión pública (lfop) indica que la población musulmana francesa (un 7% de la población total) está elevando el grado de religiosidad desde la década de 2000. La tendencia se intensifica en los más jóvenes, en quienes se observa una ‘reafiliación’ al islam tradicionalista significativamente superior a la de sus padres. Un 83% de los jóvenes de entre 18 y 24 años asiste a los lugares de culto. Una de cada dos mujeres de entre 18 y 24 años usa velo, tres veces más que en 2003. Un hiyab que tiene una marcada motivación de identidad -mostrar con orgullo su pertenencia a la religión- y una función de «manto de invisibilidad» ante el escrutinio sobre las mujeres en el espacio público. Solo un 2% de las jóvenes se cubre «bajo la presión directa de los familiares».
También según datos del Ifop, la intención de voto juvenil a la ultraderecha no deja de subir. Hace un par de años, el 32% de los jóvenes de 18 a 25 años afirmaba simpatizar con la Agrupación Nacional de Jordan Bardella. También el antisemitismo está creciendo en Francia. En este caso confluyen la tradición antijudía que en el pasado había representado la ultraderecha de Jean-Marie Le Pen con el nuevo antisemitismo fruto de la política destructiva de Israel.
Los datos sobre la intensificación religiosa de la población musulmana han alimentado los discursos de la ultraderecha, también en España. Lo que no deja de ser una muestra de islamofobia. ¿Dónde está la alarma ante el nacimiento de numerosos grupúsculos neoconservadores católicos que están atrayendo a los jóvenes españoles? ¿Quién se rasga las vestiduras ante el uso, abuso y requeteabuso de los símbolos católicos en los rutilantes conciertos de Rosalía? ¿Qué impacto mediático hubiera tenido si en vez de convertir el escenario de la orquesta en una inmensa cruz se hubiera dibujado una media luna?
El problema no es la religión. Ni siquiera el mayor o menor conservadurismo. Lo preocupante es la necesidad de recogimiento, de unión entre los semejantes ante la sensación de asedio exterior. Jóvenes musulmanes buscando refugio en las mezquitas y cubriéndose el cabello como signo de orgullo y rebeldía. Jóvenes ultraderechistas exhibiendo el rechazo al que consideran ajeno a su idea de patria. Unos y otros cincelando su identidad frente al ‘otro’. Y unas redes que exacerban las diferencias hasta crear un mundo paralelo en guerra: su mundo.
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