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Opinión

El pantone de la oposición

Nunca pensé que alguien pudiera apropiarse de un color. Y sin embargo, aquí estamos: el rojo ya no es Coca-Cola, el azul perdió los cielos de la dehesa, el morado dejó de saber a Sugus raro. Los partidos se lo quedaron todo y ahora lo que te pones habla por ti antes de que abras la boca.

Hay una diferencia, eso sí. Cuando un presidente autonómico cambiaba de corbata, nadie convocaba el análisis semiótico. Nadie buscaba en el nudo windsor una declaración de intenciones ni en el azul marino una rendición ideológica. Era una corbata. Punto.

Con una presidenta, las reglas cambian.

Una presidenta autonómica comparece, gestiona, defiende presupuestos, negocia con el Gobierno central, recibe delegaciones, firma convenios. Y la respuesta de cierta oposición no es rebatir sus cifras, desmontar sus argumentos ni proponer alternativas concretas. Es el color de la americana. Si lleva verde o granate. Si el tono manda señales que el discurso no llega a desmentir. Esto no es crítica política. Es el recurso de quien no tiene otro.

Porque el armario como campo de batalla tiene una lógica muy clara: cuando la gestión aguanta, cuando los datos no dan margen, cuando los argumentos propios no alcanzan, siempre queda lo que se ve. Y lo que se ve admite cualquier lectura. El tono neutro es falta de carácter, el vivo es provocación, el oscuro es mensaje encubierto. La trampa no tiene puerta, y eso es exactamente lo que la hace útil.

Y si la trampa del color no alcanza, se amplía el territorio. Si lleva traje y chaqueta, hay quien escribe que es sumisión, que viste como un hombre para gustarle a los hombres. Si usa corbata, alguien, y esto ocurrió, llegó a publicar que era un símbolo fálico. Léanlo despacio: un símbolo fálico. Una prenda de vestir convertida en psicoanálisis de urgencia por alguien que no tenía nada relevante que decir sobre su trabajo. Cuando se llega a ese punto, ya no estamos ante crítica política ni ante análisis de ningún tipo. Estamos ante el retrato de quien la hace.

Curioso, además, que el escrutinio no sea universal. Nadie analiza la ropa de las diputadas la oposición en la Asamblea. Nadie escribe columnas sobre si decidieron dejarse las canas o teñírselas, llevar piercing en la nariz o ir en tacones o chanclas. La estética, por lo visto, solo es ideología cuando la lleva quien no les gusta.

A ningún presidente le preguntaron nunca si su traje gris era una declaración. A ninguno le analizaron la solapa para deducir sus lealtades. Sencillamente, porque no hacía falta. Porque había gestión que criticar, o eso se intentaba. Cuando la gestión no da ese margen, cuando la presidenta hace bien su trabajo, queda el color. Queda el continente, porque el contenido no coopera.

Extremadura necesita una oposición que aporte, que llegue a los debates con propuestas y con datos. No con el Pantone de la temporada.

El rojo seguirá siendo Coca-Cola. El morado, los Sugus. El azul, los cielos de la dehesa, que son los más bonitos del mundo (ya sé que el mar también, pero soy de interior).

Mientras tanto, que hablen del color o de las hombreras. Es la única señal de que no tienen nada más que decir.

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