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Opinión | Para empezar

Cristina Martín Vega

Cristina Martín Vega

Directora de Diario de Ibiza

Mi cocina, como el reloj funesto de Cortázar

A Cortázar alguien le destrozó la vida cuando le regaló un reloj. Lo explicó en un cuento angustioso sobre ese «pequeño infierno florido», «calabozo de aire». Algo parecido me ha pasado con mi cocina. Hace unos meses tuve uno de esos accidentes domésticos inoportunos y estúpidos, un grifo un poco abierto sobre la encimera provocó una inundación que destrozó los muebles. El colmo del absurdo fue que me pasó en plena dana catastrófica. El caso es que después de varios meses al fin me han instalado la nueva cocina y ha quedado tan bonita que al verla me vine arriba y pensé que cualquier día hasta me daba por cocinar. Pero con el paso de los días me doy cuenta aterrada de que mi flamante cocina es el reloj de Cortázar: el origen de una inquietud continua, de una esclavitud que ya condiciona mi vida y me tiene en un estado de alerta permanente. Me preocupa si este producto será abrasivo y estropeará la placa de inducción y la encimera; si el estropajo puede rayarlas. Si mi madre me trae un táper de albóndigas sufro al dejar los cacharros sucios en la pila, al ver el tomatazo manchando la superficie inmaculada, y los friego con extremo cuidado para que no golpeen la superficie, no me fío de si resistirá y quedará llena de marcas. ¿Acabaré como mi tía Titi? Vivía con el tío Luiso y una perrita pequinesa de muy mala leche y dientes salidos en un piso pequeño de Madrid. Tenía dos salones clausurados, solo para enseñarlos a las visitas: en uno guardaba también la cubertería y la vajilla buenas que nunca se usaban y en otro había un sofá inglés perfectamente envuelto en plástico en el que sospecho que nadie llegó a sentarse nunca. Las puertas siempre estaban cerradas, solo a veces nos dejaba asomarnos un momento. La vida la hacían en la salita donde apenas cabía la tele, un sillón de orejas de uso exclusivo de mi tío, tapetitos de ganchillo que lo cubrían todo y la mesa en la que nos amontonábamos en las comidas familiares. Era tan pequeña la habitación que las niñas teníamos que pasar al fondo por debajo de la mesa. ¿Acabaré también enseñando la cocina a las visitas mientras friego en el lavabo? Menos mal que el microondas es viejo y lo uso sin preocupación. [Seguro que alguien está pensando que cualquier excusa me sirve con tal de no cocinar...].

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