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Opinión

‘Pas de dieux’

La retransmisión del partido de Champions entre el PSG y el Bayern fue un festival de tópicos, dichos con tanta insistencia que los comentaristas incluso tuvieron que reconocer que tenían conciencia del tópico empleado. Lo mismo ocurrió al día siguiente del encuentro con las crónicas escritas: partido del siglo, el mejor partido de la historia, un espectáculo de fuegos artificiales y, en el primer lugar de la lista, oda al fútbol. Pasolini, que, como es sabido, era un amante de este deporte, defendía la famosa manera italiana de jugar, una defensa uniformada e ilustrada, nada que ver con las virulentas defensas de ahora, pero sobre todo se embelesaba ante la poesía del fútbol –el mayor grado de sofisticación y placer– que se concretaba en el juego brasileño de los años 60 y 70 y en la culminación que llegaba con el gol, después de una jugada trenzada. Habría disfrutado mucho con el partido de este martes, porque, efectivamente (¡ya me sabe mal no ir más allá del tópico!) fue una oda, es decir, un elogio desmedido del deporte que Borges nunca entendió y que, para Camus, era la esencia del comportamiento humano.

Días después, se nos plantea un dilema. ¿Por qué fue posiblemente el mejor partido de la historia? ¿Y la final del Mundial de 1970? ¿Y ese memorable 3 a 1 del Barça ante el United en el 2011? ¿Y tantos otros que tenemos en la memoria? La gran diferencia con este PSG-Bayern es que no fue la exhibición de un combinado excelso que sobresalió en el juego y se impuso con contundencia al otro, sino la elaboración conjunta, insistente, sin desfallecimiento, de un espectáculo que se convirtió en un pas de deux en el que la secuencia coreográfica tenía que ver con el virtuosismo de dos bailarines, incansables, con una intensidad que ya se intuía desde el pitido inicial y que vino acompañada de coraje y belleza, un dejarse llevar por el vértigo, como si fuera el último partido, el último baile de sus vidas. Un pas de dieux, de hecho. Un combate homérico, como el de Sean Thorton y Will Danaher en ‘El hombre tranquilo’. Más allá del espacio y el tiempo.

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