Opinión
¿En tu casa o en la mía?
Escribo a mis amigas en el grupo de WhatsApp a traición, a esas horas en que sé que estarán adormiladas, viendo en pijama el enésimo episodio de cualquier serie de televisión. Les cuento que he leído un artículo de El Mundo, y de ahí, ya encendida, me fui a buscar informes de Tinder, recién salidos del horno de los solteros. Solteros así, en masculino literal, como verán en la reproducción de mi monólogo:
—«Tres de cada cuatro usuarios de Tinder son hombres. Muchas mujeres han dejado de buscar el amor: han caído en el heterofatalismo».
—«Heterofatalismo», dicen, pero lo que lleva la chica de la foto es un Satisfyer.
—Y digo yo, si hay tres tipos por cada mujer, ¡debería estar chupado dar con uno bueno! A ver si va a ser que somos una raza superior…
—Besos, chicas. Parece urgente tomarnos un vino. Hay mucho que comentar.
—Es que… en una proporción de uno a uno, no encuentras uno bueno por mala suerte, pero, ¿tres a uno? Dice más de ellos que de ellas o del azar.
—Y por otro lado… ¡normal que ellos hagan check con todas! ¡Como para ponerse a elegir!
Y ya, a la mañana siguiente, con café en el cuerpo, recibí varios emoticonos de esos con risas.
A ver, como esto queda entre nosotros, les cuento que mis amigas son asiduas a la aplicación. O intermitentemente asiduas, quiero decir. Pasan del ‘lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir’, a confesar entre risitas tras los vinos que volvieron y están chateando con un tipo estupendo, guapo, divertido, que parece que esta vez sí que sí. Hasta retomar, tras algún ghosting o un par de citas, el ‘no volverá a ocurrir’.
Y yo, ¡que hablo de oídas! Que no me he pasado por Tinder ni para pedir una tacita de azúcar. ¡Ojalá me gustasen los solteros! Pero no. Los que verdaderamente me ponen, son los datos.
Y sí, con las estadísticas de 2025, la aplicación reina de las citas contaba con 75 millones de usuarios, un 75% de ellos, hombres. Más de 430 millones de descargas desde su lanzamiento —pero a saber si mis amigas cuentan como una o como varias cada vez que se arrepienten de haberse arrepentido—.
Y hasta hay un día del año demostrado como el de mayor actividad y no es San Valentín ni sus alrededores, sino el primer domingo de enero. Por motivos que imagino parientes a las matrículas de gimnasios o las academias de inglés: los malditos propósitos de año nuevo.
Un 56% de los usuarios participa activamente a diario en la plataforma; un 58% consulta Tinder varias veces por hora.
España es el décimo país con más usuarios, con más de un millón y medio, que parecen muchos, pero del rango de edad de mis amigas… los solteros apenas representan un 3% y antes de decir que, bueno, ¡tampoco son tan pocos solteros! Varios estudios han demostrado que oro parece, plátano es: un 42% de los usuarios de Tinder están casados o tienen pareja.
Pues no acaba ahí: los supervivientes han de enfrentarse al Principio de Pareto o regla 80/20. Un concepto formulado por el economista italiano Pareto en 1896 cuando observó que alrededor del 80% de la tierra era propiedad del 20% de la población y que en Tinder se traslada a que el 80% de las mujeres parecen competir por el 20% ‘superior’ de los hombres.
Muchas matemáticas, pero, no en vano, ‘pareja’ deriva de par...
Y si a este caldo de cultivo le sumas el ghosting, el orbiting, el zombing o el breadcrumbing, de esta dificultad para encontrar pareja deriva, en 2019 y de la pluma de la escritora y experta en sexología Asa Seresin, el heteropesimismo. Y tras él, una vuelta de rosca más abajo: el heterofatalismo.
Un pelín melodramático comparado con las noticias de las 9. Mejor no tomarlo como algo literal, sino más bien, como un grito de protesta, de crispación, hartazgo, frustración, apatía hasta calzarse, a lo Scarlett O’Hara, un «¡A Dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre!», pero del tipo: ¡Reniego del intento de descifrar a los hombres!
Y los hombres... En un universo paralelo de esta España nuestra, hay un grupo de chat de amigos, tocados y hundidos al otro lado del heterofatalismo. Con uno de ellos convocando unas cañas ya, que hay debatir qué les pasa a las mujeres. Que, con las estadísticas en la mano, no hay quien las entienda.
Pero desde esta perspectiva tan a las afueras —que no he llamado a las puertas de Tinder ni a pedir, por favor, bajen el volumen, que no son horas—, echo de menos un detalle al que culpar más directamente del descalabro de las relaciones de pareja. Uno en que salen damnificados los unos y las otras: la vivienda. ¿Cómo se pone uno en materia si no tiene dónde caerse muerto? ¿Dónde, si aquel ‘en tu casa o en la mía’, es ahora el piso compartido con cuatro desconocidos? ¿No será que el más pernicioso 80/20 no es el que mantiene solteros a los solteros, sino sin acceso a una vivienda?
Muchísimas preguntas sin respuestas. O quizá, ¡tal vez! —llámenme romántica— solo sea que estas no están en Tinder, sino en las urnas.
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