Opinión
El árbol
En uno de esos momentos típicos de Sant Jordi, de los que no se habla ni escribe casi nunca, sentí que debía ir al lavabo. Regresaba de una firma en la librería Taifa y mi siguiente cita era en la parada de Casa del Libro. Puesto que enfrente estaba la librería, pensé en pasar primero por el baño. Había cola para acceder al edificio, pero me animé diciéndome: ‘Soy escritor, quizás pueda colarme’. A la entrada se apostaba un señor de chaqueta verde, grueso, no demasiado alto, bajo incluso, pensativo, algo tétrico, con pinta de haberlo visto casi todo en su lugar de trabajo: la puerta de acceso. Le expliqué que me disponía a firmar en la parada que había justo enfrente y que me vendría muy bien pasar por el baño primero: «¿Puedo?». No sé cómo me miró, quizá de ninguna manera en particular, que es la peor de todas, y me dijo: «Te recomiendo que uses un árbol».
Me dio esa risa efecto de no saber si has entendido bien algo, lo que mantiene viva la posibilidad de que se trate de una broma. Pero no. Insistió en el árbol. «Aunque si quieres puedes intentar llegar al baño, entre toda esta marea de gente. Está al final del todo, bajando y subiendo». Miré al fondo, y me pareció inalcanzable. Hoy creo que me desconcertó menos lo del árbol, que ya es decir, que el «bajando y subiendo», con el que aniquiló mis intenciones de pasar por el baño antes de firmar. La siguiente hora, en la parada, departiendo con los lectores, se me hizo eterna, pasada la cual encontré un baño en una taberna vasca.
Pero no me quejo. Hace unos años, en Venezuela, coincidí con varios escritores en una feria. Me presentaron a un poeta que al parecer llevaba cinco días sin ir al baño, por razones distintas a las mías. La anécdota empezó a circular. «Son muchos días», coincidíamos, con tono de preocupación, y sonreímos discretamente, para no ser malas personas del todo. Hay que ser malos, digamos, al 30%. En el penúltimo día de feria, con los invitados hablando ya solo de una cosa, estalló la noticia: ¡el poeta había ido al baño! Después de siete días de espera, a media tarde, en el recinto de la feria, sintió unas punzadas pavorosas. Era una buena señal y a la vez alarmante, porque estaba en la feria, y solo pensar en el estado lamentable en el que se encontraría los baños, usados por centenares de personas, sintió arcadas. Optó por tomar un taxi y dirigirse al hotel, a solo cinco minutos. «Al Guaparo, por favor», le pidió al taxista. Pasado un cuarto de hora, sospechó que tardaban demasiado en llegar. «¿Vamos por el camino largo?», preguntó. «No, señor, aquí está el Guaparo», y señaló el hotel. El poeta miró por la ventanilla. No sabía cuánto más podría aguantar. «Pero este no es el Guaparo», dijo contrariado. «Sí lo es, señor. Fíjese: Guaparo Suites», y señaló al letrero. «¡Yo estoy alojado en el Guaparo Inn!». Transcurrieron otros 15 minutos. Cuando al fin se bajó del coche y corrió a su habitación, comprobó con horror que la puerta no abría. La tarjeta se había desconfigurado y tuvo que bajar a recepción. Así se escriben a menudo las historias, después de dejar atrás la desesperación personal.
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