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Opinión

Novedades de ayer, como siempre

Hay cierta motivación decreciente en el eslogan enquistado con el que se prepara la fiesta del día a día últimamente. Es decir, poca o ninguna originalidad. Trump es malo, malísimo, aunque Netanyahu es peor. La inexistente búsqueda de la otra cara de Ibiza: sin ruido, sin fiesta, la auténtica. El drama de la vivienda. Que si Sánchez va más de la cuenta a China y, además, su mujer es presuntamente una delincuente. Que si Rajoy se apalancó unos sobres en la Kitchen, sin sorpresas. Que hacen fiestas privadas VIP en villas donde traspasan todo mínimo valor ético: enanos, putas, drogas. Que si hay guerra en Oriente Próximo, otra más, ¿cuántas quedan? Que si los inmigrantes vienen a quitar trabajo y a delinquir, y solo a eso, ¿si no, a qué?

Y bueno, alguno que otro acontecimiento diario: un incendio de un yate, si han pillado a un holandés vendiendo droga, ¿que no estudian en ese país?, o que los openings han sido un éxito. Ah, sí, claro, que Rufián es la gran baza contra Vox, imagínate. Si tratas algún asunto de catastrofismo medioambiental y/o feminista, pues ya estaría el cupo.

Es decir, lo demás ya es guion de Yorgos Lanthimos sobre la medida del ancho de la superficie plana de la Tierra. Pero en ese dos y dos late el día a día, haga sol o llueva. Esto, sin querer, se parece mucho más a una canción de reguetón que suena cada día en la radio que a una letra buena de cantautor.

Hay algo de espacio de confort, de líneas reconocibles, que hacen que te sientas cómodo, seguro, en ese discurso, en ese axioma. Algo que no te haga pensar, básicamente. Sencillamente estar de acuerdo u oponerte, además de manera totalmente radical, firmado queda en un comentario en redes.

Así se va formando ese concepto: la masa. Y cada vez más unida por una misma fórmula operacional, unidimensional, que va alienando. Una masa, podríamos decir, cada vez más uniforme, predecible y, por lo tanto, manejable. Lo más preocupante es que la masa es sumamente consciente de ello, pero aun así sigue —seguimos— en una especie de masoquismo o de negación absurda, más propia de un niño que de un adulto.

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