Opinión
A nado entre olas
De los dos colosales espacios −el mar y el cielo− ajenos a nuestra naturaleza como animales terrestres que somos, solo el primero puede ser surcado con la fuerza de nuestros propios músculos sin necesidad de artilugio alguno. El cielo, tan atrayente como el mar por sugerirnos también en azul el infinito, nos está perpetuamente vedado al constituir un territorio incompatible con nuestra anatomía, poco dada a suspenderse a su antojo en el vacío. Menudo contratiempo, ¿verdad?
El que no nos baste nuestro propio cuerpo para pasearnos por el cielo, tal como si fuéramos palomos ociosos, es una amarga limitación, por mucho insensato que la haya desafiado al saltar desde un campanario −con graznido incluido, de puro canguelo− agitando los brazos arriba y abajo frenéticamente. Es la ley de la gravedad, me temo, inapelable si uno no cuenta en la espalda con omóplatos alados cual ángel trompetero.
Desde una perspectiva evolutiva, el ser humano tuvo antepasados lejanísimos que fueron peces. De pájaros, ni uno. Puede que de loros algún político coñazo que otro. Será por eso de los peces que gustamos de zambullirnos en el mar la mar de niños; que algo nos queda de nuestros parientes los peces cuando entramos en contacto con el agua: un súbito pálpito de aleta en los pies, una corona de burbujas en la frente… un boqueo de silencios. ¡Pero basta de prosa poética!, que me quedo sin munición para el próximo concurso de poesía. También puedo −y debo− expresarlo sabiondamente: ¿sabían ustedes que el origen de nuestro huesillo martillo −del oído medio− deriva evolutivamente de huesos que formaban la articulación de la mandíbula de los peces? No crean, yo tampoco tenía ni idea, pero hay que ver qué esponja el cerebro en vísperas de entrar en trance con la escritura. ¡Lo absorbe todo! Hasta la lectura docta que le cae en el cuarto de baño. En mi caso, apéndice de mi biblioteca, pues siempre conservo allí un nutrido retén de libros. Conjugar lo puramente vegetativo con lo más granado del intelecto es sublime, pues nada demuestra más nuestra dualidad entre el cuerpo y el espíritu. Prueben, prueben, no lo lamentarán.
Pero, volviendo a lo de antes, ¿qué ocurre tras sumergirnos en las aguas marinas? Lo que hagamos la mayoría de mortales en ellas es poca cosa. Lo describiré con unas pocas pinceladas: empezamos por hacernos el muerto flotando entre dos aguas, luego damos malamente unas pocas brazadas −la mayoría de trazo ortopédico y con generosa salpicadura de espuma− y acabamos caminando con el agua por el pecho a pasitos de bebé como zombis surgidos de un cementerio submarino. En fin, lo usual. De esa guisa, desde luego, nadie se va a enamorar de nuestros cuerpos serranos.
Por fortuna, hay también otro tipo de personas, aunque minoritario, que se entrega al mar, exclusivamente para nadar, bien en grupo, a fin de entrenar o competir, o en solitario en épicas travesías: el estrecho de Gibraltar, el canal de la Mancha, de Jávea a Sant Antoni... Son los llamados nadadores de aguas abiertas, una élite de deportistas que se cuentan entre los mejores del mundo. Trazan en el mar mil sendas marcadas por boyas y las recorren arriba y abajo con la naturalidad de un delfín. Su mejor aparejo para ‘navegar’ a nado: su voluntad, una fuerza mental sobrehumana que afronta sin desmayo todas las inclemencias del mar: olas, bajas temperaturas, medusas, marejadas, corrientes, tiburones… motos acuáticas. Es ese mismo inquebrantable arrojo que constatamos en los corredores maratonianos, pero en un medio claramente hostil.
Me cruzo a veces con algunos de estos nadadores en mi kayak cuando costeo Ibiza. Los observo con esa mezcla de envidia y admiración que siente un niño por sus ídolos. Por un instante, entre brazada y brazada, con el sol cabrilleando en el agua, sacan la cara para respirar y parecen mirarme con ojos de pez. Esta raza de deportistas se asemeja a los tritones mitológicos, mitad humanos, mitad animales acuáticos.
Justamente, el fin de semana pasado el mar ibicenco acogió a medio millar de estos nadadores, ya que en la bahía de Santa Eulària se celebraba la Copa del Mundo de aguas abiertas, en la que los 10K (kilómetros) se consideran su prueba reina, el equivalente al maratón.
Pero si las competiciones que aguardaban a dichos deportistas no eran ya suficientemente duras de por sí, Poseidón, siempre impredecible, quiso desafiarlos llevándolos al límite. Para ello, agitó las aguas hasta provocar una marejada en toda regla.
«Me caían por el costado olas de más de un metro y medio», me cuenta la nadadora Sonia Alcover, una valenciana de casi 68 años que parece esculpida como esos arrecifes que el mar embiste. «No veía casi nada y apenas se distinguían las boyas. Imposible pensar en otra cosa que en no perderlas de vista, manteniendo un nado estructurado, muy técnico, para no rodar como un tronco por las olas, empleándome a fondo y tratando de tragar agua lo menos posible».
Como el resto de sus compañeros, Sonia salió del mar ese día más criatura marina que humana. Ni su pareja −que es mi hermano− la reconoció casi. Esa noche, en el hotel, uno de los dos tuvo que dormir en la bañera. ¿Ella por necesidad de agua? No. Él por haberse encontrado la cama perdida de escamas. Y es que el mar acaba por despojarle al nadador de su condición de animal terrestre para transformarlo en el pez que fuimos todos una vez.
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