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Opinión

Sicarios en Judea

El monte Masada se encuentra en el desierto de Judea. Desde su cima, entre los restos de palacios y fortificaciones, la vista alcanza hasta el Mar Muerto. Es el segundo lugar más visitado por los turistas después del Muro de las Lamentaciones. Su poderoso valor simbólico lo ha elevado a seña de identidad de Israel. Un mito que forja el espíritu del Estado. También un síndrome que lastra la esperanza.

El símbolo nace en el año 73 dC y, como tantos mitos nacionales, empieza con la muerte. Según el historiador Flavio Josefo, la Décima Legión romana asediaba a los habitantes de Masada. Cuando estos perdieron la esperanza de romper el sitio, optaron por el suicidio. En la década de 1930, el movimiento sionista adoptó la historia como símbolo de la lucha de los israelíes por la libertad, incluso hasta la muerte. Transmitida en las escuelas y revivida en mil ceremonias, lo que el relato tradicional suele callar es que la ciudad estaba habitada por sicarios (de ‘sica’, daga pequeña), fanáticos que asesinaban a romanos y a cualquier judío que confraternizara con ellos o que abogara por la paz.

En un reciente reportaje en el diario israelí Haaretz, diversos expertos analizan el peso del mito de Masada. Una historia de heroísmo construida sobre unos asesinos inmisericordes. Un relato que, supuestamente, clama por la libertad, pero que habla de impotencia y suicidio. Sobre él se ha forjado la llamada ‘mentalidad de asedio’. La Historia marca la memoria del pueblo judío. Un pasado de persecución coronado por la atrocidad del Holocausto. Pero el presente no tiene por qué atender solo a ese eco de dolor, ni dejar que dicte su futuro.

La mayoría de los israelíes se sienten amenazados, aislados. Creen que ese es su único modo de estar en el mundo. Los enemigos cambian, pero la creencia del peligro es inherente. Una inseguridad que se traduce en la desconfianza, la necesidad de defenderse, la guerra perpetua como único modo de subsistencia y el derecho al uso de más y más violencia. Según Daniel Bar-Tal, profesor de psicología sociopolítica de la Universidad de Tel Aviv: «Se ha creado un fuerte sentimiento de victimismo que desconecta a la sociedad de las consideraciones morales».

Pero no todos los israelíes quieren habitar en Masada. Son pocos, pero podemos leerlos en artículos de prensa, en sus publicaciones en las redes. Ciudadanos que se esfuerzan por mantener la brújula moral y que tienen el extraordinario valor de denunciar los abusos. Ellos no merecen ningún gesto internacional de complicidad con el gobierno genocida de Netanyahu, no merecen la burda manipulación de tachar cualquier crítica a Israel de antisemitismo. Así, solo se aleja la posibilidad de paz y esperanza, mientras se alienta el suicidio de un país que nació como refugio y que ahora vive atenazado por el temor y la crueldad. Ante las legiones romanas, otras poblaciones abrieron sus puertas y, lejos de ser destruidas, se convirtieron en lugares de prosperidad. Los asesinos de Masada no encontraron su libertad, solo su fin.

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