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Opinión

Palabras sí, rugidos no

Rango casi de ley para el anticatalanismo más feroz; porque eso sigue vendiendo en algunos –o muchos– lugares

No sé si algún neurólogo ha pensado en investigar cómo le rige la cabeza a Marc Giró. Su velocidad de lenguaje, su habilidad para conectar temas sin perder el hilo y su apabullante erudición le convierten, no solo en un animal televisivo de lujo, sino en un sujeto –de verdad lo creo- digno de estudio. La otra tarde, por ejemplo, en plena diada de Sant Jordi, se explayó ante centenares de personas frente a Radio Barcelona saltando del catalán al castellano, y viceversa, cada tres frases. Poco antes, en el mismo escenario, el poeta Benjamín Prado se había emocionado recordando a Joan Margarit, de quien dice que en su poesía «se siente la amargura de quien perdió una hija y se escucha la voz de la derrota, pero no hay sitio para la venganza ni la ira». Y de repente, con toda naturalidad, coló el catalán en un verso, al revelar las penúltimas palabras de su amigo: «Són menys cada vegada els qui ens recorden».

Fue el propio Benjamín quien me contó lo sucedido un día en un recital que ofrecía Serrat sobre las canciones de ‘Mediterráneo’. Un espectador le exigió a voz en grito que cantara algo en catalán, a lo que Joan Manuel reaccionó, sin aspavientos, parando el concierto y lamentando que haya gente que no sepa dónde está: «Tengo otros discos en catalán, claro, pero hoy es un recital sobre ‘Mediterráneo’. Usted ha pagado una entrada por eso. ¿Le importaría dejarme continuar?». Hubo aplausos, aunque tampoco unánimes. Pero, bueno, al final pienso que la torpeza de este aprendiz de talibán con barretina, el amor de un poeta por otra lengua que no es la suya o la chispa de un cómico pijo y políglota son solo anécdotas frente a la categoría de lo que han aprobado el PP y Vox: «Librar a Aragón de la imposición del catalán». Rango casi de ley para el anticatalanismo más feroz; porque eso sigue vendiendo en algunos –o muchos– lugares. Teniendo en cuenta, además, que miles de personas hablan catalán en tierras aragonesas y otros miles lo entienden sin problema, me cuesta adjetivar algo así. Pero, sobre todo, me entristece comprobar cómo la palabra se convierte en arma arrojadiza. ¿No hemos aprendido nada?

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