Opinión
Diez millones de pasajeros en Ibiza
Hace ya algunos años que desde prácticamente todo el espectro político –Vox es la excepción–, se reconoce la necesidad de establecer controles y medidas que impidan que Ibiza siga creciendo en cuanto al número de turistas que nos llegan en temporada. Se coincide también en la obligatoriedad de establecer medidas que contribuyan a desaturar la isla y que tanto los residentes como los propios viajeros no tengan que padecer esta permanente sensación de vivir de atasco en atasco y de hormiguero en hormiguero.
Unos hablan de frenar el crecimiento y otros incluso apuestan por decrecer, pero la realidad es que no se aplican, ni por asomo, suficientes medidas correctoras que permitan alcanzar hasta el más modesto de los objetivos. Se avecina otro verano de locos, en el que a los isleños no nos quedará otro remedio que recluirnos en nuestras casas y esperar a que escampe el agobio para poder volver a respirar en paz.
Lo sorprendente y al mismo tiempo preocupante es que, a pesar del supuesto consenso político que existe al respecto, nadie se altera con las noticias relacionadas con el imparable crecimiento de las cifras turísticas, en una isla que no da para más. ¿Cómo es posible se hayan autorizado vuelos para diez millones de pasajeros en el aeropuerto de una isla tan pequeña como la nuestra? Esta cifra supone un incremento del 5% y contrasta con el número real de pasajeros llegados el año pasado, que fue de nueve millones. Este crecimiento en plazas, además, dobla el de la media balear. Y ante este hecho, ni un solo político se ha llevado públicamente las manos a la cabeza ni ha propuesto soluciones que impidan el despropósito, como por ejemplo, forzar al aeropuerto a establecer un límite anual o mensual de pasajeros.
A estas cifras hay que sumar los otros tres millones de personas que llegan a bordo del transporte marítimo regular y el más de medio millón que el año pasado lo hicieron navegando en cruceros. Este último segmento, precisamente, protagoniza otra de las incongruencias de la temporada que, también de manera incomprensible, no ha generado airadas reacciones de la clase política. Incluso alguno hay que presume de gestión y planificación en las escalas ibicencas de estos grandes buques.
Resulta que en la temporada 2026 llegarán a la isla un total de 205 cruceros, cifra absolutamente desmesurada y que implica un crecimiento del 25% con respecto al año pasado. ¡Un 25%! Incluso hay diez días en que se recibirán en el puerto tres y hasta cuatro cruceros al mismo tiempo. Conviene recordar que en 2019, siendo presidenta del Govern balear Francina Armengol, se alcanzó un acuerdo con la Cruise Lines International Association (CLIA), la patronal que aglutina a las principales compañías del mundo, logrando que el puerto de Palma fuera el primero de España y el segundo de Europa, tras Dubrovnik, en limitar la llegada de estas ciudades flotantes hasta un máximo de tres diarias.
Sin embargo, nada se hizo con respecto a Ibiza, a pesar de que el puerto de Vila es tres veces más pequeño que el de Palma en metros lineales de atraque. Conviene recordar también que en un informe publicado en relación al año 2017, cuando llegaron 183 embarcaciones de este tipo a la isla, su paso generó más contaminación atmosférica que todo el parque automovilístico de la ciudad en un año.
Ya para colmo, nos enteramos también de que la desastrosa infraestructura de transporte público recién estrenada, con autobuses eléctricos de la compañía Alsa, no solo se dedica a complicar la vida a los pasajeros de la isla y a quitarles líneas y paradas que les eran imprescindibles, empeorando descaradamente el servicio. Ahora resulta que dichos vehículos cargan sus baterías mediante un generador de gasóleo, provocando idéntica contaminación que si llevaran motores de combustión. Al parecer es un problema provisional, pero mientras tanto, así estamos: saturados y contaminados para que cuatro privilegiados incrementen unas fortunas que no se podrán gastar en la vida, mientras la gente cada vez vive peor y ya no tiene siquiera derecho a refugiarse en una chabola.
Mientras en Menorca proyectan aparcamientos pequeños junto a las grandes playas vírgenes, impidiendo el paso a los conductores cuando se llenan, la solución ibicenca siempre es construir un estacionamiento más grande, y luego otros más, y todos los que hagan falta. Más aparcamientos, más pisos, más chalets, más negocios, más carreteras, más apartamentos, más discotecas, más de todo, sin límite ni final, hasta que la naturaleza ibicenca, que es en buena parte lo que nos da de comer, quede arrasada por completo.
Resulta inaudita la ceguera de algunos de nuestros administradores públicos, ante tanto exceso y tan flagrante, a pesar de los discursos que luego pregonan. En lugar de mejorar y proponer soluciones, vamos hacia atrás como los cangrejos.
@xescuprats
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