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Opinión | Para empezar

Fernando de Lama

Fernando de Lama

Redactor Jefe

‘Opening’

Llega ese momento del año en el que los residentes en Ibiza nos replegamos a nuestros cuarteles de verano con la resignación de quien oye acercarse una estampida. Eso que ha venido a llamarse los openings. O sea, el instante mágico en que la isla se llena, así, sin anestesia ni aviso al apuntador, de gente que va de fiesta en fiesta y acepta con entusiasmo meterse en atascos monumentales para entrar en los dominios de una discoteca o asistir al espectáculo de una puesta de sol. Siempre, por supuesto, en el punto exacto donde otros miles han decidido contemplar el mismo prodigio solar. Buscar un rincón apartado está penado por la ley internacional del postureo.

Es también ese momento en que las playas -la mayoría de las playas- se transforman en hervideros humanos, pasarelas de minimoda, zocos improvisados, coctelerías a la orillita del mar y escenarios potenciales para una batucada, un dj espontáneo o un concierto de motos acuáticas en do mayor.

Ese momento en que abren locales a cholón: chiringuitos, bares, restaurantes, pubs -si es que el concepto pub sigue respirando-, clubs, hoteles, hostales, pensiones y campings. Y, si hace falta, tiendas de campaña, balcones, sótanos, tipis, yurtas, chozas, palafitos, rucas, trullos, ryokanes, bohíos ¿iglús?... Todo vale mientras quepa una reserva, una pulsera o un suplemento por vistas a algo.

Es la estación del selfie a pelo o a contraluz: ante el ocaso, junto al estoico don Isidor Macabich, a bordo de un yate, a punto de atacar una paella de fusión nipona-guatemalteca, haciendo parapente, ante el jugoso logo de un templo del techno o poniendo un pie con delicadeza sobre el cuerpo inerte del último bolinga del West.

Y entonces toca hacer vida monacal. Dejar que nuestros visitantes creen riqueza a cascoporro -para unos pocos-, asumir que los lugares secretos ya tienen geolocalización, hilo en redes y lista de espera y tirar de paciencia. Porque, como todo residente sabe, la temporada tiene una virtud final: tarde o temprano llega el closing.

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