Opinión
Arde Netanyahu
A saber si los dioses nos enviaron una señal al obrar la inusual coincidencia en el calendario de este año de la Semana Santa cristiana, el Pésaj (Pascua judía) y el Ramadán. Pero no acabó en santas pascuas, qué va. El Ministerio de Relaciones Exteriores israelí emitió un comunicado tras ver en una mínima pieza del vasto puzle de nuestra cultura popular “el espantoso odio antisemita, resultado de la incitación sistemática del gobierno del presidente español Pedro Sánchez”.
Como si el presidente de España hubiera puesto el mechero con el que se prendió la llama con la que el pasado 5 de abril los habitantes de El Burgo (Málaga) quemaron una figura que representaba a Netanyahu como parte de las fiestas del Judas. Unas celebraciones que se extienden a lo largo de la geografía española e iberoamericana el Domingo de Resurrección. En ellas, una figura de Judas —en representación de Judas Iscariote— es quemada, manteada, apaleada o apedreada por castigar la traición a Cristo.
Pero los tiempos y los malos cambian, que es una barbaridad, y en muchos lugares este Judas fue recogiendo también la perversidad más actual. Por ejemplo en la quema de El Burgo —Fiesta de Interés Turístico de Andalucía—, donde, pelillos a la mar, el año pasado ardió Donald Trump y antes que él Vladimir Putin o Nicolás Maduro. Pero como el mal toma muchas formas, también han ardido la violencia machista, la pederastia, la guerra o el genocidio.
Un fuego que sirve más de desahogo que de otra cosa. Porque los vecinos distinguen entre símbolo y materia; entre el fuego ritual y el fuego bélico.
Y sé que cuesta explicar a un foráneo cómo deriva una tradición secular en tomar una figura —sin más mínimo común denominador que la antipatía que despierte—, rellenarla de cohetes y, por fin, prenderle fuego en la plaza, ¡pero estamos hablando de la tierra de las Fallas, la tomatina o la batalla del vino! O la Procesión de los borrachos en León, donde el paso no rememora ninguna figura de las Santas Escrituras, sino la de un antiguo vecino del pueblo: Genarín, fatídicamente atropellado mientras, borracho, orinaba en la muralla.
Y que no estamos solos en tomarnos alguna licencia “profana” con la que engordar nuestra historia lo demuestra, por ejemplo, la hebraización de nomenclatura desde la fundación del Estado de Israel apenas en 1948. Dibujando hasta con tinta los símbolos de una identidad sionista, miles de topónimos árabes y palestinos se han sustituidos en calles, aldeas, montes y ríos. Un borrado de mapas y genealógico. Solo por tirar de la figura que nos ocupa, la familia Netanyahu, al emigrar de su Varsovia natal a la vieja Palestina en tiempos de mandato británico, cambió su nombre polaco, Mileikowsky, por el hebreo bíblico Netanyahu (Dios da).
Pero también hay que distinguir entre dar y tomar, y aunque hay muchos motivos por los que querer borrar tu pasado, ninguno te autoriza a pasar por encima del pasado —y el presente y el futuro— de otros.
Y tampoco estamos solos en esto de prender fuego. Durante el Pésaj está prohibido comer o incluso poseer jametz —cualquier alimento fermentado con granos de trigo, cebada, centeno, avena o espelta—. Pan, pasta o cerveza, por la levadura que “infla” la masa se convierten en símbolos del ego, la soberbia o la corrupción, e inician la Pascua judía arrojándolos al fuego.
Después, durante el Jol Hamoed, está prohibido cualquier trabajo no imprescindible, y en su lugar, los judíos se reúnen en familia y en torno a lecturas de la Torá en la sinagoga. Así se encontraban muchos fieles en la sinagoga Rafi-Nia de Teherán el día 6 cuando un ataque aéreo perpetrado por las propias Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) la destruyó completamente.
Las FDI admitieron el ataque alegando que el objetivo era un militar de alto rango iraní y no la sinagoga en sí. Pero, ¡qué paradoja…! Apenas horas después de denunciar como antisemitismo que arda un monigote en un pueblo andaluz, los judíos en Irán se entregaban a la imprescindible tarea de rescatar los rollos de la Torá de entre los escombros de su lugar más sagrado.
Hay un fuego ritual que busca acabar con el mal, y hay un mal que se extiende mediante el fuego bélico. Por el primero Israel ha anunciado la expulsión de España del órgano internacional de supervisión del alto el fuego en Gaza por «sesgo antiisraelí». Por el segundo, nada.
A pesar de las peticiones de los españoles en las plazas y del gobierno de España -entre otros países- ante la Unión Europea. A pesar de las múltiples denuncias de organismos internacionales.
La última, una iniciativa donde más de 1.150.000 personas de 27 países piden al Consejo de la Unión Europea la suspensión total del Acuerdo de Asociación UE-Israel por su reiterado incumplimiento de este, fundamentado en «el respeto de los principios democráticos y de los derechos humanos, constituyendo un elemento esencial del presente Acuerdo».
Esto es, pasar de los símbolos a la materia, de las llamas a los hechos.
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