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Opinión | Para empezar

Cristina Martín Vega

Cristina Martín Vega

Directora de Diario de Ibiza

Abolir la prostitución, una cuestión de derechos humanos

Abolir la prostitución es una cuestión de derechos humanos. Ahí es donde hay que poner el foco. Igual que no se puede comprar un riñón, por mucho que el propietario quiera y apele a su libertad de vender un órgano suyo, no se debería poder comprar un cuerpo ajeno para hacer con él lo que te dé la gana. Los que participan en el comercio de mujeres como objetos sexuales, tanto proxenetas como puteros, las despojan de todos sus derechos y los pisotean, por tanto su conducta debería estar penada. Ahora mismo, el proxenetismo sí es un delito, pero sin embargo no lo es ser cliente, que es una pata fundamental del negocio de la esclavitud sexual. Es obvio: este gran negocio se sostiene gracias a la demanda. Normalizar la compra de una mujer para que un hombre satisfaga sus deseos sexuales es fruto de una sociedad machista hasta la médula.

De la misma forma, se tiene que penar la tercería locativa, es decir, a quienes alquilan los locales que se utilizan como prostíbulos y también se lucran de la explotación de las mujeres.

Quienes defienden la «regulación» de la prostitución y quieren equipararla a un trabajo parten de una base equivocada: es incompatible el respeto de los derechos humanos y la prostitución. El dinero que paga el putero no debería convertir ese abuso en legal: los puteros son agresores sexuales, con la diferencia de que pagan. Se deberían plantear qué les parecería que lo que ellos hacen se lo hiciera otro hombre a su hija, su hermana o su madre.

Recomiendo el libro ‘La revuelta de las putas’, de Amelia Tiganus, que desmonta todos los argumentos a favor de regularizar la prostitución, un mundo que conoce muy bien después de sobrevivir a un infierno de cinco años en prostíbulos. La Associació de Dones Progressistes celebra hoy la jornada ‘L’abolició del sistema prostitucional’ (a partir de las 11 horas en el Casal d’Igualtat de Vila) para reflexionar y concienciar sobre este asunto. Y como dice Patricia Sornosa, ¿qué tipo de trabajo es ese en el que no puedes atender a tu padre? ¿Puede ser un trabajo algo a lo que jamás querrías que se dedicara ninguna mujer que te importe?n

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