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Opinión | Para empezar

Samia Khenien

Samia Khenien

Redactora

Vivan los migrantes y el mestizaje

Mi nombre es «exótico», me hizo saber una compañera de profesión este miércoles. Le tuve que explicar, y siempre me justifico, mi linaje familiar y por qué llevaba este nombre y apellido. Mi padre es argelino y mi madre alemana, cuando incide otro y corrige: «Però també ets eivissenca, no?». Pues sí, mi abuela, que en paz descanse, era de Ibiza y el catalán, que tanto me gusta hablar, es una de mis lenguas nativas. «Que viva el mestizaje», confirma la compañera tras un par de conversaciones más. Y estoy completamente de acuerdo.

Mi padre siempre insiste en que soy el primer bebé argelino nacido en la isla. Si es verdad o no, lo desconozco. Ahora, oigo y leo a menudo sobre los ocho males que traen mis compatriotas a las islas. Cuando antes era un crimen ser marroquí, hoy en día, la llegada de cientos de argelinos a las costas pitiusas trae consigo xenofobia, islamofobia, racismo y, por encima de todo, clasismo contra personas de un país que antes no habrían podido señalar en un mapa los que tanto les odian.

Mi padre ha trabajado toda su vida y, gracias a que está casado con mi madre, ha podido contribuir a la seguridad social. La delincuencia y los robos no vienen de la nada: vienen de la desesperación de personas que no tienen otra manera de sobrevivir. Cuando se les ofrece un trabajo y un lugar donde caerse muertos, la mayoría de las personas no se dedican a hacer daño porque sí.

Mis padres, por mucho NIE que tengan, son mejores ciudadanos que cualquiera de los que se lucran de que otros no tengan sus mismos derechos. Ellos llevan su pequeño negocio, cenan en restaurantes familiares y saludan a los conocidos del pueblo, como haría cualquier migrante llegado en patera si no se le obligara a ser un alien. Ojalá algún día no tuviera que ocurrir lo que denuncia el grupo Super Skunk en su canción ‘Planeta Azul’: «algo va mal si un tío legal tiene que viajar para trabajar y ser ilegal». Pero, por el momento, legalizarles es lo que nos queda de humanidad.

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