Opinión | Tribuna
Primaveras de conos y baches
Llega el buen tiempo y, como las golondrinas de Bécquer pero con chaleco reflectante, aparecen los operarios en las carreteras nacionales. No para arreglarlas, no se emocionen: para parchearlas. Donde otros ven primavera, la DGT ve la mejor época del año para extender asfalto como si fuera corrector sobre una falta de ortografía que ya no tiene arreglo. El paisaje nacional se llena de conos, señales provisionales y baches en fase de maquillaje ligero.
Nos dicen que el problema es la velocidad. Siempre la velocidad; reduce, modera, controla, fiscaliza. Llevamos años escuchando que el enemigo indiscutible del conductor es el kilómetro por hora, y, sin embargo, cualquiera que haga más de dos trayectos a la semana por una nacional sabe que el verdadero enemigo no está en el velocímetro, sino bajo las ruedas. Tenemos coches del siglo XXI circulando por carreteras de finales del XIX, a velocidades pensadas para el siglo XX. Un perfecto choque temporal: una máquina con todos los asistentes electrónicos, cámaras y sensores del mercado tratando de sobrevivir a un firme que se deshace con la primera lluvia seria.
El parcheo, en realidad, es una metáfora bastante aproximada del país. No se mantiene, no se cuida, no se planifica; se tapa. Se tapa el socavón, se tapa el desprendimiento, se tapa el riesgo. Una capa de asfalto aquí, otra allá, y vuelta a empezar el año que viene, o cuando toque la foto. No se proyectan obras de verdad, se practica la cirugía estética del firme: relleno rápido, retoque exprés de bótox y que aguante hasta la próxima campaña.
Mientras tanto, los partes de accidentes siguen atribuyéndose, con una fe religiosa, al exceso de velocidad, a la distracción, a la imprudencia del conductor. Qué maravilla de relato: siempre hay una persona a la que señalar. Mucho más incómodo es admitir que hay un porcentaje de siniestros que tienen que ver con curvas mal peraltadas, con señalizaciones tercermundistas, con arcenes que desaparecen de repente y con firmes que, cuando llueve, se convierten en pistas de patinaje artístico. De ese cartel amarillo chillón que lleva tres años anunciando «Tramo de concentración de accidentes», plantado ahí como coartada permanente: si te matas, al menos estabas avisado.
El problema del parcheo no es solo estético ni técnico; es mental. Es la mentalidad de «con esto tira» aplicada a todo: infraestructuras, sanidad, educación, mundo rural. En lugar de cambiar lo que no funciona, se le echa una capa por encima, se corta una cinta, se hace un tuit y a otra cosa. Un Estado hiperrecaudador e inframantenedor, capaz de exprimir cada kilómetro con impuestos pero incapaz de devolverle ni un solo kilómetro en condiciones. Y luego, cuando vuelven los baches —porque siempre vuelven—, ponemos cara de sorpresa, colgamos otro cartel de «peligro» y subimos de nuevo la campaña contra la velocidad.
Tal vez el día que veamos un cartel que diga «Tramo en obras hasta dejarlo bien» empecemos a creer que este país ha decidido pasar del parcheo al arreglo. Mientras tanto, seguiremos conduciendo coches del XXI por carreteras del XIX, rezando para no acabar formando parte de la estadística que alguien explicará con mucha solemnidad…, sin mencionar ni una sola vez el estado del firme.
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