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Opinión | Para empezar

Cuida tu jardín

Caminaba yo despreocupadamente por la avenida Ignasi Wallis cuando me asaltó un estruendo fervoroso, un estallido eufórico, gritos, bocinas e incluso ¿un bombo? celebrando algo que quedaba fuera de mi vista y de mi comprensión. ¿Qué era aquello? Por un momento pensé que estaba dentro del ‘Show de Truman’ y que a Ed Harris se le había ido la mano pulsando a destiempo un efecto de sonido. Todo eso le dio tiempo a pensar a mi mente descacharrada hasta que giré la cabeza a la izquierda y vi el polideportivo de es Pratet. Otra explosión de alegría similar a la anterior confirmó la procedencia del sonido. Se celebraba una canasta.

Estuve tentado de abrir la puerta del pabellón y revivir mis viejos tiempos de promesa improbable del baloncesto, pero no me pareció justo. Pensé que sería como colarse en una boda a la que no has sido invitado, como profanar un camposanto del que se desconocen sus rituales. En medio de la ciudad, dentro de una burbuja de gruesas paredes, toda esa gente disfrutaba de un partido del que yo desconocía todos sus detalles, igual que el resto de paseantes que a esa hora iban por la calle y a los que, lógicamente, les importaba un pimiento toda aquella jarana deportiva.

Pequeños mundos. Tu mundo. Tu cobijo, ese que solo te importa a ti y a otro puñado de personas. Sea el baloncesto escolar, la repostería, el ganchillo o la literatura rusa del siglo XIX. Burbujas donde todo cobra sentido, dentro del sinsentido general que es la vida. Mundos donde cada uno persigue su pequeño trocito de felicidad sin importarle nada más, aunque solo sea durante un rato de valor inmensurable. Burbujas llenas de oxígeno para respirar. Cuando falta ese oxígeno nos ahogamos, así lo ordena la impepinable naturaleza. Mi entrenador de baloncesto decía que cada jugador tenía su jardín, esa zona donde los lanzamientos le entran con más facilidad. Quizá estaba diciendo más, ahora empiezo a entenderlo. Cuidar tu jardín. Cuidarte a ti mismo.

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