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Opinión

Mucho aullar, poco pensar

Hubo un tiempo en que a quienes se salían del carril los escondíamos. No siempre con mala intención, pero sí con miedo. Hoy no los ocultamos, sino todo lo contrario: los sentamos en horario de máxima audiencia, les ponemos foco, plató y millones de ojos atentos. Antes se susurraba al psiquiatra; ahora se grita a cámara, con máscara, cola y un contador de seguidores esperando el próximo aullido.

Conviene aclararlo desde el principio, porque el matiz importa: no hablo de quienes padecen un trastorno mental real. Esos siguen ahí, sosteniéndose como pueden entre pastillas, citas médicas, mucho esfuerzo y una normalidad frágil. Muchas veces solos. Muchas veces invisibles. De ellos se habla poco y se escucha menos. Me refiero a otra cosa, a esta extraña fiebre por convertir cualquier desajuste en identidad fija, por normalizar lo absurdo, por teatralizar la confusión, por vestir la duda como si fuera un traje definitivo.

Jóvenes que se sienten animales, no humanos, que se mueven a cuatro patas, que aúllan convencidos de que su alma es de lobo, de gato o de perro. Se llaman therian. Dicen que no es un juego, que es algo profundo, casi espiritual. Y quizá, para algunos, lo sea. Quizá sea refugio, pertenencia, una manera de no sentirse tan fuera de lugar en un mundo que aprieta. Lo que ocurre es que exigen que se les comprenda, se les trate como ellos se perciben y que el mundo entero se adapte a sus necesidades.

Llamar la atención nunca fue tan fácil y hoy resulta más rentable ladrar en una fuente que sentarse a estudiar en silencio en una biblioteca. Cerca de ellos están los otros: los especialistas en el drama exprés que convierten cualquier contrariedad en una tragedia épica. Un suspenso, una ruptura, una exigencia mínima justifican el estallido público. Antes nos enfadábamos, nos quejábamos y, con suerte, aprendíamos algo. Ahora lo grabamos, lo subimos y buscamos culpables a los que señalar. Todo es drama. Y en medio, cómo no, las redes y los medios, felices. Porque el exceso vende, porque un vídeo de chavales aullando corre como la pólvora, mientras un informe serio sobre salud mental bosteza en una esquina de internet.

La paradoja es amarga: quienes sufren de verdad siguen luchando contra el estigma mientras otros convierten la extravagancia en espectáculo y reciben aplausos, foco y hasta imitadores. La salud mental continúa siendo un tema incómodo en la consulta, pero funciona de maravilla como decorado cultural.

No creo que esto se arregle con más prohibiciones ni con más etiquetas, sino con educación. Con la que enseña a distinguir entre quien pide ayuda y quien pide cámara. Con la que recuerda que la identidad no se construye con disfraces, sino con carácter, vínculos y tiempo. Con la que explica que frustrarse no es un trauma, sino una parte inevitable de estar vivos.

Porque si seguimos premiando el ruido y confundiendo el grito con el mensaje, corremos el riesgo de acabar siendo una sociedad que protesta mucho, se ofende rápido… y piensa nada.

Y entonces descubriremos que el verdadero animalario no estaba en los parques ni en los platós, sino en nuestra incapacidad para distinguir entre dolor y el espectáculo.

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