Opinión
Vivienda en Ibiza: el monstruo está aquí
En Ibiza, el urbanismo parece haberse detenido en los años 80, mientras la realidad avanza a una velocidad vertiginosa. Seguimos operando con planes generales redactados cuando el fax era tecnología punta, y la Ley de Urbanismo de las Islas Baleares (LUIB), que daba plazos para adaptar nuestros planeamientos, se ha encontrado con la inercia de siempre: mucho papel y poca acción.
En este contexto de parálisis planificadora y frenesí inmobiliario, la Demarcación de Ibiza y Formentera del COAIB celebró la segunda conferencia de su ciclo sobre vivienda. Contamos con el periodista y ensayista Jorge Dioni López, quien nos puso frente a un espejo incómodo. Utilizó una metáfora cinematográfica brillante para describir nuestra situación: en las películas de terror, el primer acto solo sugiere la amenaza (un ruido, una sombra); en el segundo, empezamos a ver partes de la bestia; en el acto final, el monstruo se revela por completo.
Señoras y señores, en materia de vivienda en Ibiza, estamos en el tercer acto. El monstruo ya está en la sala, nos mira a los ojos y ya no podemos fingir que es solo una sombra.
No hemos llegado aquí por culpa de un único factor. Ha sido una tormenta perfecta, una acumulación de decisiones —y omisiones— históricas. Somos hijos directos del «Modelo Arrese» de los años 50, aquella política franquista que decidió convertirnos en «propietarios y no proletarios». Aprendimos a construir primero y urbanizar después (si acaso), priorizando el ladrillo sobre la ciudad.
Ibiza es hoy el ejemplo paradigmático de lo que Jorge Dioni llama la «Ciudad del Movimiento». Hemos dejado de ser un lugar de producción para ser un escenario de experiencias. La llegada masiva de visitantes con un poder adquisitivo muy superior al local ha roto el mercado. El resultado es una economía de monocultivo turístico que genera mucho dinero, sí, pero que expulsa a quienes hacen que la isla funcione: camareros, sanitarios, docentes y los propios jóvenes.
La crisis de 2008 fue una oportunidad perdida. En lugar de aprovechar el rescate bancario para crear un parque público de vivienda con los activos de las Cajas de ahorro, se malvendieron a fondos de inversión para reactivar el mercado. Convertimos las casas en «depósitos de valor», en cajas fuertes de hormigón donde el capital se refugia de la inflación, olvidando que su función primordial es ser un hogar. De nada sirve lamentarnos por lo que pudo haber sido hace ya 18 años.
El diagnóstico es ácido, sí. Pero hay que decirlo para que empecemos a ser conscientes de lo que nos ha llevado hasta aquí.
La esperanza reside en que, por primera vez, el monstruo ya no es una sombra difusa: lo vemos con claridad y, lo más importante, sabemos cómo terminar con él. La solución no es mágica ni pasa por intervenir el mercado a ciegas, sino por aplicar con rigor las herramientas que los arquitectos llevamos tiempo reivindicando.
Para acabar con él, primero debemos activar el parque inmobiliario existente, que hoy permanece paralizado por la desconfianza. Hay que vencer el miedo del pequeño propietario a alquilar, no mediante amenazas, sino mediante la implementación de sistemas de alquiler seguro y garantías jurídicas que aporten tranquilidad. Si eliminamos la incertidumbre, aflorará la oferta.
En segundo lugar, debemos ser valientes con los incentivos. La administración no puede construirlo todo sola. Es vital impulsar la VPO y la Vivienda de Precio Limitado (VPL) desde la promoción privada y fomentar modelos colaborativos como las cooperativas. Necesitamos que sea rentable y viable construir vivienda asequible para que el mercado funcione para todos, no solo para el lujo.
Pero nada de esto se sostendrá si no recuperamos la base de nuestra profesión: el planeamiento. Necesitamos que los Planes Generales dejen de ser laberintos burocráticos y vuelvan a ser lo que siempre debieron ser: hojas de ruta para una mejor arquitectura.
Debemos volver al orden lógico de las cosas, ese que nunca debimos perder: primero el urbanismo y luego la construcción. No podemos seguir cayendo en el error de las recalificaciones a la carta ni de los parches a posteriori. Una ciudad bien planificada es una ciudad justa, donde las infraestructuras y los servicios llegan antes que los edificios, y no al revés.
El monstruo está ahí, es cierto. Pero ahora que lo vemos, tenemos la capacidad técnica y la responsabilidad moral de actuar.
Lluís Oliva i Munar es presidente de la Demarcación d’Eivissa i Formentera, Col·legi Oficial d’Arquitectes de les Illes Balears
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