Opinión
Un año para las que trabajan la tierra
La Asamblea General de las Naciones Unidas ha decidido que 2026 sea el Año Internacional de la Mujer Agricultora. La conmemoración queda al cargo de la Organización para la Alimentación y la Agricultura, la FAO, y con ella se apunta a un doble objetivo: visibilizar y reconocer el papel central de las mujeres en los sistemas agroalimentarios, esencial para garantizar la seguridad alimentaria del planeta, y avanzar en la igualdad de género en un sector tradicionalmente muy masculinizado.
Aunque las mujeres constituyen una parte significativa de la fuerza laboral en la agricultura y sus adyacentes, su trabajo muy a menudo no es reconocido como se merece y queda reducido a la consideración de tareas de apoyo familiar. Sin embargo, es evidente que su contribución es decisiva en toda la cadena de producción agrícola, de principio a fin, incluyendo los procesos de transformación y venta, y resulta poco menos que imprescindible en la gestión de los recursos agrícolas.
La FAO dedica este año tanto a las pequeñas agricultoras que trabajan en las fincas familiares como a las que regentan explotaciones más modernas; a las jornaleras; no tiene en consideración si las mujeres que trabajan la tierra son sus propietarias o no; también incluye a las pescadoras, apicultoras, ganaderas, pastoras, emprendedoras rurales, cocineras y vendedoras en mercados locales; una larga cadena de trabajadoras, en definitiva, que sostiene el sector primario, tanto en países en vías de desarrollo como en los más industrializados.
Según la FAO, a nivel global, las mujeres representan el 36% del empleo en los sistemas agroalimentarios. En España, suponen la cuarta parte de los trabajadores del sector agrario.
Según los datos, relativos a 2025, del ‘Diagnóstico de la mano de obra agraria con perspectiva de género’ del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, de los 939.974 profesionales del sector en España, el 26,3% son mujeres, 247.000 aproximadamente y, aunque su situación no es comparable a la de las que viven y trabajan en lugares más desfavorecidos y menos igualitarios, aún tienen barreras que sortear. La tierra, para empezar, suele heredarse o registrarse a nombre de los hombres y aunque existe una ley, que data de 2011, para reconocer el trabajo conjunto de hombres y mujeres y la titularidad compartida de las explotaciones, a día de hoy menos del 1% están registradas de esta manera.
Paradójicamente, las mujeres que se dedican a la agricultura en España cada vez están más preparadas y la ingeniería agrícola es una de las subespecialidades con mayor proporción de mujeres dentro de esta tipo de estudios, cerca del 34%, por encima de otras ramas como la ingeniera industrial o informática.
El propósito del Año Internacional de la Mujer Agricultora es simple y está bien justificado: que el trabajo que las mujeres siempre han realizado, y siguen realizando, en el campo tenga el reconocimiento laboral que se merece.
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