Opinión
Antes que el ruido
Los domingos por la tarde están hechos para volver a casa. Uno no va, vuelve. Por eso, podemos imaginarnos perfectamente sentados en cualquiera de los asientos de los trenes accidentados el pasado día 18 de enero en Adamuz, Córdoba, en el que fallecieron al menos 43 personas y más de 150 resultaron heridas. Dos continúan desaparecidas.
Adormilados, viendo pasar el mundo a gran velocidad desde la ventanilla, leyendo un libro o deslizando de arriba abajo la pantalla de un móvil. Escribiendo algún mensaje: «ya casi estoy, nos vemos en un rato». Repasando fotografías o rememorando algún instante de ese fin de semana con la familia; el regalo de Reyes de ir de viaje a la capital; el sueño cumplido de ver jugar al Real Madrid o ir a El Rey León. Pero juntos. Todos juntos.
No, los accidentes no deberían suceder nunca. Pero menos, en domingo. Los domingos son para volver a esa casa que a las 19 horas, 43 minutos y 45 segundos se quedó vacía.
Pero entre el dolor de esas personas irreemplazables, de esas familias rotas, y entre el ruido despiadado de quienes azuzan esperando obtener algún rédito de la sangre derramada, una vez más… la gente buena.
Dos chicos de 16 años que venían de pescar y la madre de uno de ellos, siguiendo las luces de las sirenas, fueron de los primeros en llegar a la zona cero. De noche y con temperaturas cercanas a los cero grados, accedieron al interior de los vagones volcados y entre los amasijos de hierros ayudaron a cuantos pasajeros pudieron. También fueron recopilando números de teléfono y fue su joven voz la que dio la buena nueva a muchos familiares aterrorizados al otro lado del televisor, que llamaban desesperados a un número que daba señal, pero al que nadie contestaba.
El centro de mayores que bajaba la persiana justo a esa hora decidió permanecer abierto y se convirtió en el epicentro de la atención a los familiares. A los cafés se sumaron los embutidos que acercó un supermercado y el pan de una panadería. La farmacia de guardia ofreció material de curas y analgésicos.
A pesar de la noche y el frío, una ola de solidaridad se extendió entre los vecinos del municipio cordobés, con poco más de 4.000 habitantes. Llegaban cargados con alimentos, mantas y ropa de abrigo. Ofrecieron alojamientos turísticos y sus propias habitaciones. Pusieron coches y furgonetas a disposición para acompañar hasta sus casas a quienes no tenían cómo regresar.
La escuela de música y la cooperativa de aceite ofrecieron sus instalaciones y las empresas de autobuses, sus vehículos.
Los más de 150 voluntarios de Cruz Roja que se desplazaron hasta Adamuz para prestar ayuda a las víctimas del accidente y a sus familiares atendieron a más de 300 personas. Bomberos, Protección Civil, sanitarios y estudiantes de medicina o auxiliares de clínica aparecieron, muchos de ellos de manera espontánea, en la más gélida de las noches, para dar un poco de calor.
A la mañana siguiente, el llamamiento de los bancos de sangre duplicó las donaciones. Hasta 833 personas se presentaron en el Centro de Transfusión Sanguínea de Sevilla, logrando 760 muestras frente a las 306 del mismo día del año pasado.
Todos podemos imaginarnos sentados en aquel asiento de ventanilla de un vagón que descarrila; todos podemos sentir en la carne ese disparo del teléfono que no contesta. Llegará, por supuesto, el momento de conocer la causa —o la concatenación de causas—, de corregir errores y, si es necesario, de depurar responsabilidades. Pero mientras, ¿cómo no advertir la enésima evidencia de la humanidad que nos envuelve? ¿Cómo no reconocer con profunda admiración que, antes de las preguntas, antes incluso del ruido de los culpables, ya había gente allí, cuidando? Armada con café caliente, bocadillos, mantas. Una furgoneta con asientos libres. Curando heridas, donando sangre. Una mano desconocida que no suelta a otra.
Historias a bordo de dos trenes que no llegaron a su destino. Al menos 43 acabaron prematuramente un frío domingo de enero. Un día hecho, más que ningún otro, para volver. Para volver a casa.
Fidel Sáez pudo conocer el dolor y el milagro. Su madre, sus dos hijos, su hermano y su sobrino habían acudido a Madrid para ver el musical El Rey León. Volvían en los primeros cinco asientos del primer vagón del Alvia. Sus hijos y su sobrino ingresaron en el hospital Reina Sofía; su hermano, grave, en la UCI del hospital San Juan de Dios. El golpe llegó cuando les informaron de que, sin haber dado todavía con el cuerpo de la madre, no quedaban personas con vida en el vagón.
Y sin embargo, cuando habló ante las cámaras de RTVE no hubo reproches ni ruido: «Quería contar un poco la historia, el dolor que evidentemente se tiene, trasladar al pueblo que hay que decir más te quiero, a la familia hay que darle cariño. Y no hay que enfadarse por cosas pequeñas, porque la vida en cualquier momento se va».
«El crecimiento del bien en el mundo depende en parte de actos que no hacen historia». George Eliot.
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