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Opinión

Correspondencia

Todas las mañanas, absolutamente todas, al volver a casa del colegio a mediodía, paraba en el bar s’Empeño y me iba directa a la mesa de la correspondencia. Por aquel entonces en Ibiza —y en tantos otros lugares— los carteros no llegaban a las casas y aquellos locales multiusos —siempre alrededor de un bar donde acudían los hombres, y solo los hombres— eran colmados, boticas, tablón de anuncios; tenían un teléfono de monedas, un buzón y una mesa de Correos.

Cada mañana repasaba una a una las cartas del manojo, por si acaso alguna se hubiera traspapelado entre las del día anterior. Y allí estaban, entre extractos bancarios o facturas de la luz, aquellas cartas que mantenía con personas a las que nunca había conocido en persona.

Otra rareza de la época: las secciones de revistas donde se anunciaban quienes buscaban a alguien con quien mantener correspondencia.

Qué hermosa palabra, en realidad. Una carta sin respuesta puede ser importante, por supuesto, pero solo la salva del soliloquio, su antídoto: la correspondencia.

Imagino que el ocaso de s’Empeño lo provocó la llegada de los teléfonos y, finalmente, de los carteros a todas las casas; la proliferación de cadenas de supermercados, que nunca existió una escasez de borrachos. Pero desapareció. Hoy solo unos pocos podemos señalar el lugar donde alguna vez recibí cartas de Eva desde Barcelona o de Gary desde Londres.

Cosas que pasan. Y entre las cosas que se perdieron este 2025 para no volver, los daneses incluyen las cartas. La correspondencia. Esta Navidad tuvieron su última oportunidad —ojalá la aprovecharan— de echar al buzón sus tarjetas navideñas. Al menos, las últimas entregadas por PostNord, el servicio postal nacional desde hace más de cuatrocientos años.

Con una caída de volumen de más del 90 % desde el año 2000, el envío de cartas se hizo insostenible económicamente, por lo que la empresa ha anunciado que se dedicará exclusivamente a la gestión de los más rentables paquetes. A partir de ahora, lo más parecido a una expresión humana será el dibujo de una sonrisa en una caja de cartón.

Como muestra de que 2026 arranca un poco más marrón, se retiran los 1.500 buzones rojos de PostNord. Y rojo sobre amarillo: cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar.

¿Es Dinamarca el único país o solo el primero en evidenciar el ocaso de la carta en papel? Apenas una víctima más a los pies de los caballos de la tecnología digital, que ya ha desahuciado las cabinas telefónicas, las sucursales bancarias con atención personalizada o los periódicos impresos del día junto al café.

¿Estamos siendo los desfavorecidos testigos del principio del fin de miles de años de historia? El Imperio persa aqueménida creó en el siglo V a. C. el Angarium; en China, en el siglo III a. C., existían postas imperiales de mensajeros a caballo; el Imperio romano tuvo su cursus publicus, una red de calzadas, postas y mensajeros, muy eficiente, sí, pero reservada a funcionarios y militares.

El gran salto se produjo a finales del siglo XV, cuando los Habsburgo y la familia Thurn und Taxis organizaron una red postal regular en Europa. Al principio, por supuesto, al servicio del Imperio, pero por primera vez se abriría al uso privado mediante pago. A medida que más gente aprendió a leer y escribir, la correspondencia se convirtió en ese antídoto de familias separadas, emigrantes y soldados en el frente.

Por eso muchas de aquellas cartas rescatadas son un retrato más fidedigno de su tiempo que los propios libros de historia. Tanto por lo que cuentan como por lo que callan; por lo borrado. En España, por ejemplo, durante buena parte de la dictadura se estableció censura sistemática de la correspondencia. Se abrían cartas internacionales, entre zonas sensibles o de presos. Muchas llevaban marcas de ‘Censurado’, sellos oficiales y las firmas de censores. Se prohibían las críticas al régimen o a Franco, las referencias a represaliados, las simpatías republicanas o comunistas. Se perseguía el uso de lenguas no castellanas y cualquier misiva con visos intelectuales.

Aunque pocos echarán de menos las cartas con extractos bancarios o facturas —hoy simples notificaciones electrónicas—, también se acabaron las notas de agradecimiento manuscritas, las felicitaciones navideñas y las postales desde Dinamarca. Los enamorados venideros desconocerán la incomparable emoción de leer una carta de amor —una verdadera carta de amor— mientras se envían enlaces de TikTok.

El día de mañana, historiadores y biógrafos recopilarán archivos con descargas de Gmail y chats de WhatsApp. Y donde antes había un Post data: te quiero, cuídate, habrá interpretaciones sobre emoticonos y su significado: si fue ghosting, orbiting, gaslighting, negging o quizá, breadcrumbing.

Y el mundo, será un poco más marrón.

«La lengua es propensa a digresiones; no así la pluma. En una carta, ya que no tengamos cosas mejores que decir, a lo menos las decimos mejor».

Ralph Waldo Emerson.

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