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Opinión | Para empezar

Nunca es tarde para montar el árbol de Navidad

Este año terminamos de montar el árbol de Navidad el 24 de diciembre. Nunca habíamos apurado tanto. Nunca habíamos dedicado varios días a colocar los adornos. La costumbre siempre había sido que quedase todo listo antes del puente de la Constitución. No era por ese afán de adelantar cada vez más esta celebración, como ocurre ahora, sino porque en Polonia, que también es casa, Santa Claus llega la noche del 5 de diciembre.

Sí. Eso significa que gracias a la maravillosa multiculturalidad que nos regalaron mis padres a mi hermana y a mí, cuando éramos pequeñas el trineo empujado por renos llegaba más de una vez a nuestra humilde morada. Volvía en Nochebuena y, más adelante, también le seguían los Reyes de Oriente. Pero no se espanten, eran todos muy cautos con lo que dejaban. Recuerdo incluso un año en el que, muy divertidas sus majestades, colocaron carbón bajo el árbol y escondieron el resto en un lugar que ahora he olvidado.

La cuestión es que con esa tradición corriendo por mis venas, este año me sentía fatal porque el árbol no estuviera listo a tiempo. Y eso que el año pasado ya renunciamos a ponerlo. Nos pareció una tarea especialmente tediosa por ser el primer año en el que mi abuelo, un ibicenco de pura cepa, un Torres Torres, ya no estaba entre nosotros.

Este año ha sido el segundo y, contradictoriamente, nos apetecía que a la frialdad de la ausencia (no solo la suya) la decoración le aportase algo de calidez. Para ello era imprescindible que la mayoría de los que estábamos aquí nos decidiéramos a sacar los adornos de las cajas con la voz de Michael Bublé de fondo.

Por eso, aunque no estábamos todos, las rutinas y los horarios laborales nos llevaron a montarlo el 24 de diciembre. Ahora pienso que, simbólicamente, era la noche en la que la magia chispea en los ojos de los niños y que muchas veces las prisas y lo material nos hacen olvidar que el verdadero regalo es estar bien acompañado.

Pienso también en un muy querido cuentacuentos de la isla que decía que los adultos debían «perder el miedo a ser niños» y caigo en que, entre las ausencias, el verdadero sentido de la Navidad reside en que no falten la ilusión y la esperanza.

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