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Opinión | Para empezar

Mejor el patató que el caviar, claro que sí

O si me apuran, también la patata. En esta pobre isla, liberada por unos meses del secuestro de los ‘influencers’ que largan sin parar sobre la esencia de Ibiza mientras untan caviar (o sucedáneos) hasta en la mermelada, somos más de huevos (y mejor payeses) que de hueva. El postureo queda para esos establecimientos postizos y sacacuartos de temporada que un local no pisa ni en broma para no tener que pedir un crédito con la cuenta, y encima que los camareros te ignoren porque no eres lo bastante ‘cool’.

Sobrasada torrada para ir abriendo boca por la tarde. Una sopa de galets, que la majora ha rellenado uno a uno con amoroso cuidado, con ese caldo de pollo casero que te calienta el cuerpo y el alma. Carne o pescado de segundo, y poco importa si son los preciados gallos de San Pedro, cabritos o el modesto cerdo. El placer viene con una sazón que es puro cariño. Y, de remate, salsa de Nadal. Horas removiendo el perol con la receta de la madre para agasajar a los hijos. No sé en qué momento nos empezaron a convencer de que había que gastar más y más. Que el pollo, el porc, el gerret o el guisat d’ous eran demasiada poca cosa para una mesa festiva. Ni cuándo cedimos y lo comenzamos a hacer, porque todos queremos lo mejor para los nuestros. Pero aquellas cenas tradicionales son auténticas declaraciones de amor a fuego lento y por humildes que sean sus ingredientes (en las casas se echaba mano de lo poco que había), no hay caviar que iguale esos recuerdos.

Soy de las que se abalanzan sobre las patatas, relegando el «acompañamiento», cuando los segundos salen del horno, y alguna Nochebuena han sido incluso mi plato principal, como el año en que mi madre decidió criar un pavo para las fiestas y las niñas le llamamos Fortunato (esa Navidad no comimos carne). Con este bagaje, y más de un desaguisado a los fogones que me ha obligado a servir latas a los invitados, hace tiempo que dejé de preocuparme por que no falte un detalle a la mesa. Sacad lo que tengáis, hablad, reíd y abrazad mucho. Al fin y al cabo, si tienes la suerte de poder compartirla con los que más quieres, la comida es lo que menos importa. ¡Felices fiestas! n

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