Opinión | Para empezar
Complicando la vida a los vecinos de Ibiza
Encarna se cree que nuestras decisiones cotidianas suman contra la catástrofe del cambio climático y procura coger el coche lo mínimo indispensable. En la ciudad va andando a todas partes y, como trabaja fuera, comparte vehículo con un compañero mientras, medrosa ella, se sigue pensando si, visto lo adaptadas que están y lo seguras que son para los ciclistas, es buena idea lanzarse a las carreteras de la isla cada día en bici. Tampoco le haría ascos a los autobuses, si dieran un buen servicio. No le entusiasma la idea de levantarse dos horas antes y, aun así, arriesgarse a llegar tarde porque el bus se ha saltado el horario o porque su línea va tan petada a primera hora de la mañana que más de un día deja a gente tirada en las paradas.
El caso es que Encarna puede pasar una semana o más sin mover su turismo, por el que paga religiosamente impuesto de circulación, seguro y tarifas municipales de aparcamiento. Solo se pone al volante para la gran compra mensual de leche, agua..., las visitas a los primos del campo, alguna urgencia o recoger a los vástagos cuando se han ido a «estudiar» con un amigo que vive donde no llega el transporte público. Hasta ahora, que Vila amenaza con la grúa y con freírla a multas si no se suma al menos cada tres días al festival de tubos de escape de la ciudad (o se gasta los 60.000 euros que no tiene en comprar una plaza de garaje).
Cuando el Ayuntamiento de Ibiza aprobó la barrabasada del estacionamiento máximo de 72 horas, con la endeble excusa de que es una forma de acabar con los vehículos abandonados (como si no hubiera ya mecanismos para identificarlos y retirarlos), algunos se preguntaron con razón qué pasará si se van de viaje o caen enfermos. Pero también lo van a tener más difícil todos los residentes que han ido apostando por alternativas menos contaminantes y han optado por relegar el uso del vehículo privado a lo estrictamente necesario.
En Vila sobran coches y falta aparcamiento, eso es indiscutible. Pero pretender disimularlo obligando a muchos vecinos a dar vueltas y vueltas por calles colapsadas en busca de la plaza que ya tenían no solo es absurdo, sino contraproducente. Es fomentar más movilidad insostenible. Mientras nos venden lo contrario.
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