Opinión
El lujo es poder contarlo
Celebrar la vida no es un acto de frivolidad sino de resistencia
Cumplir años debería venir con dos cosas obligatorias: una copa de vino y un manual de instrucciones. Pero no un manual de esos de letra pequeña y soluciones simples, sino uno que te explique, de verdad, cómo gestionar este invento, la vida, sin perder ni el humor ni los papeles. Aquí estoy, otro año más, soplando velas y preguntándome cómo se le escapa a una el tiempo entre los dedos. Si me dieran un euro por cada vez que he dicho “pasa volando”, a estas alturas celebraría los cumpleaños en París.
La vida es un lujo. No es una frase de sobrecito de azúcar ni una boutade de cumpleaños: lo noto en cuanto abro un ojo y me acuerdo de mi propio nombre. Sí, lo noto incluso cuando me quejo de lo mismo de siempre, porque poder quejarse es ya señal de que sigues aquí, plantando cara a otro día más. La vida es frágil: tan frágil como esa vajilla que sólo sacamos en Nochebuena y que, de momento aguanta, pero que deberíamos usar más de una vez al año, para disfrutarla al máximo. Todos andamos creyéndonos de acero hasta que la realidad, un jueves cualquiera, te toca el hombro y te recuerda que aquí nadie tiene contrato indefinido.
Cuando era joven —más joven—, cumplir años era una fiesta y una competición por ver quién recibía más regalos o más trozos de tarta. Ahora, cumplir años es un ejercicio de memoria selectiva: recordar los días buenos, reírse de los malos, pensar en quienes te acompañaron y en los que ya no están. Y también, por qué no, en todo lo que queda por hacer. Porque siempre hay que tener planes pendientes, aunque sea sólo para alimentar la agenda imaginaria y darle sentido a las semanas.
Con los años una aprende que celebrar la vida, la propia y la ajena, no es un acto de frivolidad sino de resistencia. Defender la vida significa, al final, defender cada historia y cada cicatriz, aunque solo sean visibles para una misma. Las ausencias duelen más porque cada persona es un idioma único, y perderlas es quedarse sin esas palabras para siempre. Esa melancolía la llevo en la maleta, junto con las risas acumuladas en las noches menos oportunas y las medallas invisibles que me he colgado tras cada drama superado.
¿Y lo que queda? Pues miren, espero que mucho. Sé que aún esperan maletas por llenar, errores por estrenar (cada uno con su toque personal), carcajadas pendientes y alguna que otra aventura inesperada. Porque mientras haya motivo para celebrar, la vida sigue jugando a mi favor.
Así que sí: cumplo años y lo hago con alegría, con mucha ironía y con la certeza de que, de todos los lujos probados en esta vida, el mejor sigue siendo estar viva para contarlo.
Gracias por seguir leyéndome un año más.
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