Opinión
Las diversas formas de la maldad
Desconozco si la relación numérica entre víctimas y victimarios es una constante en la historia de la humanidad, si a tantos que agreden les corresponden otros tantos agredidos y qué es lo que hace que unos y otros se coloquen o sean colocados a un lado o al otro. Desconozco, y dudo que alguien lo sepa, cuál es la verdadera naturaleza de la maldad, qué extraña combinación convierte a alguien en un malvado y a otro en un tipo benevolente y manso.
Desconozco también qué lleva a un hombre a ejercer la violencia, en sus diversas formas, contra su prójimo, salvo cuando está en juego la propia supervivencia o la de su clan. Si es por la simple posibilidad de hacerlo, cuando para obtener el mismo provecho podría recurrir a la negociación o el convencimiento, o por el obsceno placer que se pueda obtener de ello. Sospecho que algo de todo ello habrá, pero a ciencia cierta lo desconozco y admito que me da vértigo averiguarlo, no vaya ser que por tratar de entenderlo acabe tolerando lo intolerable.
La violencia contra las mujeres, ejercida por sus parejas y por las figuras masculinas que ostentan, más o menos simbólicamente, los poderes del patriarcado -padres, hermanos, maestros, jefes...– no cesa y desconozco cuál es la razón. Es una de esas manifestaciones de la maldad que atraviesa épocas y culturas, que aparece y reaparece, una y otra vez. Adopta formas cada vez más sofisticadas, sin renunciar a la brutalidad original.
María Bestar es la directora del documental ‘No estás loca. La verdad sobre la violencia vicaria’, recientemente estrenado. La que se infringe sobre un niño para hacer daño a una madre –y lo mismo sucedería al revés, aunque no sea, ni mucho menos, tan habitual– requiere un grado máximo de perversidad.
Cualquier violencia ejercida sobre un ser indefenso –un niño, pero también un anciano, una persona enferma…–. Desconozco y no tengo interés en comprender cómo se llega al culmen de la depravación.
En su documental, María Bestar liga la violencia de género, especialmente la que se expresa de forma vicaria, con la violencia institucional. No tanto la de las fuerzas de seguridad del Estado, que intervienen en primera instancia, como la del sistema judicial, que queda patente en las decenas de testimonios reunidos en la película. Al dejar desprotegidas a las mujeres y a sus hijos, por incomprensión o inoperancia, el sistema se hace cómplice del agresor y de esas formas tan extremas de violencia. La maldad adopta formas muy diversas y se cuela por los resquicios de un sistema que debe garantizar la sana convivencia. Desconozco si siempre ha sido así, pero tengo el convencimiento de que ahora es necesario corregirlo con urgencia.
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