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Opinión

Del otro lado de la madriguera

El cuento de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll— seudónimo del matemático y escritor británico Charles L. Dodgson—, y que este noviembre cumple 160 años arranca con una niña que se aburre del libro que lee su hermana, sin dibujos ni diálogos —«¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?»—, y soñolienta ve un Conejo Blanco que, reloj de bolsillo en mano, exclama: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!».

Lo persigue hasta una madriguera por la que cae en un pozo tan profundo que le da tiempo a preguntarse qué sucederá después, y hasta deduce que irá a parar a las antípodas. Pero en lugar de en Nueva Zelanda, aterriza en un mundo de absurdos, tan hermoso como a ratos hostil, donde bebe pócimas, come pasteles, panecillos y setas que la hacen crecer y decrecer. Y a pesar de que de verdad lo intenta... Alicia parece tener siempre la medida incorrecta: demasiado grande cuando quiere cruzar una puerta, demasiado pequeña para alcanzar una llave o demasiado alta para no asustar a los demás.

Sentí un poco del desconcierto de Alicia al cruzar del otro lado de mi particular madriguera, en Ibiza, en la casa en que crecí. El tamaño de las puertas, que alguna vez fuera enorme; las dimensiones del pasillo, antaño largo, amplio, con capacidad para albergar un partido de fútbol improvisado un sábado de lluvia, y que ahora se recorre en un par de pasos. El arco del vestíbulo en el que me descubro agachándome, lo mismo que cuando el tren atraviesa un túnel. Aunque sé que no me voy a golpear, porque no, no es que falte altura sobre mi cabeza, es que ha cambiado —y mucho— la que cargo sobre mis pies, que es desde donde hoy veo el mundo.

¡Quién no se ha sobrecogido al enfrentarse a la altura del fregadero de casa de la abuela! La alacena donde alguna vez se encaramaba para alcanzar las galletas, el pupitre de la escuela... Es tal la distancia entre la envergadura de la mirada de ahora y la de la permeable mirada de la niñez, que no es de extrañar que sintamos vértigo. Un vértigo que Carroll —no en vano, matemático— cuantifica entre los 25 centímetros de una pócima que te tienta con un «BÉBEME» y los cerca de tres metros del «CÓMEME». ¡Tan gigante…! que el primer crudo descubrimiento es que, al crecer, cuando lloras, las lágrimas te ahogan.

A saber si por eso, del otro lado de la madriguera, a veces nos sentimos incapaces de responder a la pregunta más común de todas:

«—¿Quién eres tú? —dijo la Oruga.

—Apenas sé, señora, lo que soy en este momento… Sí sé quién era al levantarme esta mañana, pero creo que he cambiado varias veces desde entonces.»

La Oruga no pregunta «¿cómo te sientes?» o «¿puedo ayudarte?», sino «¿quién eres?». ¡Como si la identidad fuera algo que debe declararse, no descubrirse! ¡Como si no fuera la respuesta más cambiante! «Soy Alicia, tengo X años, sé lo que quiero». Cuando la respuesta real —y honesta— es: «No lo sé, estoy en proceso. Ni siquiera puedo asegurarte quién soy cuando dejé de ser quien era, y hasta a veces me da miedo si sabré ser quién seré, y por encima de todo, si encajaré o me dejarán de lado en base a algún artículo 42».

«—Artículo 42. Toda persona que mida más de un kilómetro tendrá que abandonar la sala.

Todos miraron a Alicia.

—Yo no mido un kilómetro —protestó Alicia.

—Sí lo mides —dijo el Rey.

—Mides casi dos kilómetros —añadió la Reina.

—Bueno, pues no pienso moverme de aquí, de todos modos —aseguró Alicia—. Y además este artículo no vale: se lo acaba de inventar.

—Es el artículo más viejo de todo el libro.»

Pero, para que vean que la importancia no está tanto en la respuesta, sino en realizar la pregunta correcta, en Guía del autoestopista galáctico —Douglas Adams, 1979—, una raza de seres pandimensionales que buscaba «el sentido de la vida, el universo y todo lo demás» construyó Pensamiento Profundo, una supercomputadora para hallar la “respuesta definitiva”. Tras siete millones y medio de años, la ha encontrado, pero advierte a sus creadores que no les va a gustar.

«—42 —dijo Pensamiento Profundo.

—¡42! ¿Eso es todo lo que tienes que decirnos después de siete millones y medio de años de trabajo?

—Lo he comprobado con mucho cuidado —manifestó el ordenador—, y esa es exactamente la respuesta. Para ser franco con vosotros, creo que el problema consiste en que nunca habéis sabido realmente cuál es la pregunta.»

Y aunque no sé por qué, mientras cruzamos las madrigueras, en lugar de cantar y bailar, nos da por hacernos preguntas, por si les sirve, les diré que la respuesta de la que más tiro es que un País puede ser “de las Maravillas”, pero para otros. Y a veces esos “otros” somos nosotros, ¡pero no estos! sino los que fuimos... Y a los miedos de si encajaremos en un mundo sin dibujos ni diálogos —«¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?»—, tiro de una respuesta de Albert Einstein:

«Todos somos genios, pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar árboles, pensará toda la vida que es un inútil.»n

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