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Opinión

Del turismo religioso

La religión no puede ser tratada como mercancía, como producto que se puede comercializar y del que se puede sacar tajada

Vaya por delante mi sincero y absoluto respeto a quienes exteriorizan y viven públicamente sus creencias en la manifestación religiosa de las procesiones. Sorprende, sin embargo, el aprovechamiento turístico que se le quiere dar a tales expresiones, con el pretexto de que son cultura y patrimonio. Y lo son, ciertamente, pero que lo sean no tiene por qué convertir las procesiones en un espectáculo para turistas. El turismo y la religión tienen mal maridaje, casan mal, porque si el turismo es negocio, la religión no puede serlo. Y lo es en muchísimos casos. Da grima saber que el santuario de Lourdes genera al año 500 millones de euros, otros tantos el santuario de Fátima y que a la zaga va el Camino de Santiago con 450 millones de euros anuales. Y aunque no se publican los beneficios que en el sector hotelero y de restauración genera la Semana Santa en ciudades como Sevilla, el impacto económico es también millonario.

Mal asunto cuando, como se viene haciendo con total descaro, se publicita el interés turístico de las procesiones. El comentario viene a cuento por algunos comentarios que se han hecho en el ‘III Congreso Nacional de Semana Santa’ celebrado en la isla el pasado octubre. Ya es significativo que la ‘Red Mundial del Turismo Religioso’ se creara el año pasado, precisamente en Fitur y que, lógicamente, aplaudan con las orejas las agencias de viajes y los turoperadores. Duele oír que las cofradías y hermandades son motores del turismo religioso y que tienen un enorme potencial para atraer turistas. Mejor sería que su potencial fuera para fomentar la fe. Menos mal que nuestro querido obispo, Vicent Ribas, añadió un punto de sensatez a las ponencias: “Nuestra Semana Santa merece ser conocida, respetada y compartida, pero no como espectáculo, sino como expresión profunda de un pueblo con fe”. La religión no puede ser tratada como mercancía, como producto que se puede comercializar y del que se puede sacar tajada. Está bien, muy bien, que los creyentes manifiesten su fe públicamente, pero no sólo en las procesiones, estaría mejor que lo hicieran en las iglesias que, por cierto, no están sobradas de fieles.

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