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Opinión | Para empezar

«Huele mucho a caca»

«¡Mamá, huele mucho a caca! ¡Mucho, mucho a caca!». Mi hijo de cuatro años lo gritaba desde la sillita trasera de la bicicleta mientras cruzábamos la calle Pere Francès camino del colegio. Lo repetía en bucle, con esa insistencia que solo los niños pequeños dominan, mientras la gente nos miraba y asentía, algunos tapándose la boca y la nariz al pasar. No le faltaba razón: aquello olía, literalmente, a mierda.

Había llovido apenas media hora a primera hora de la mañana, una tormenta corta pero suficiente para que es Pratet volviera a convertirse en lo que ya parece su destino inevitable: un barrio cubierto de pestilencia cada vez que caen cuatro gotas del cielo. En cuanto salió el sol, el aire se volvió irrespirable. Las aceras y el carril bici estaban salpicados de restos de heces, charcos turbios y ese hedor que se te mete en la garganta y te obliga a pedalear más rápido.

Lo que para un niño es motivo de risas, para quienes viven o trabajan allí se ha convertido en desesperación.

Los vecinos y comerciantes llevan años denunciando lo mismo: cuando llueve, el sistema de alcantarillado no da abasto, y el resultado es una mezcla nauseabunda de aguas sucias y excrementos que invade todo el barrio y que les obliga a buscar mangueras improvisadas y limpiar como buenamente pueden las puertas de comercios y locales.

Cuando cayeron cientos de litros con las danas, se podía entender, pero que esto sea una constante los días de lluvia es algo a lo que, a mi parecer, debería haberse buscado ya una solución hace años.

No es admisible que un barrio entero tema a cada chaparrón porque ya sabe la que le espera. Un barrio que estuvo en obras hace apenas un año. Levantaron calles y aceras. Evidentemente algo se hizo mal, o peor, no se hizo.

Mientras no se actúe, los vecinos seguirán respirando con resignación. Y mi hijo, cada vez que llueva, volverá a recordármelo con su voz inocente: «Mamá, huele mucho a caca». Qué triste que tenga razón.

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