Opinión
Un buen examigo
«Quien tiene un amigo, tiene un tesoro».
Todos conocemos esta frase y su significado. Si tener un amigo verdadero no es fácil y es realmente valioso, mantener esa amistad a lo largo del tiempo es, si cabe, aún más difícil y meritorio.
La separación o el distanciamiento no siempre ocurren por una traición o un comportamiento abusivo. A veces sucede simplemente porque el ser humano evoluciona constantemente, y es poco probable que dos personas lo hagan del mismo modo.
A lo largo de la vida, un hecho, una experiencia, unas lecturas, un viaje, una pareja, una compañía… Ay, las compañías… —nos influyen y nos moldean. Y, poco a poco, empezamos a ver la vida de otra manera. Entonces, esa persona con la que nos sentíamos tan cómodos comienza a parecernos un poco extraña. Pero la queremos y deseamos continuar la amistad. Creemos que es posible si respetamos las diferencias, si evitamos los temas conflictivos. Sin embargo, estos aumentan, y llega un momento en que casi no hay puntos en común. Aparecen los roces, las suspicacias.
Porque, a veces, al compartir nuestras ideas no solo buscamos expresarlas, sino que esperamos que el otro las adopte. Y si eso no ocurre, llega la ofensa. En ese momento, el conflicto se vuelve inevitable, porque no siempre se puede recurrir al silencio. Entonces surge la pregunta: ¿ceder, alineándote con lo que el otro defiende con tanta vehemencia, o mantenerte fiel a tus convicciones y enfrentar una discusión incómoda, quizás dolorosa, que aumentará aún más la distancia?
Pese a las dificultades, decides seguir, convencido de que es posible. Lo has leído y lo has visto: hay personas que consiguen ser amigas a pesar de pensar y actuar de forma diferente. ¿Por qué no yo?, ¿por qué no nosotros?
Hasta que un día descubres algo nuevo en sus palabras, en su tono de voz… Ay, los tonos de voz…
Ya no percibes calidez, sino frialdad, incomprensión, distancia, censura. Te quedas clavado, estupefacto, comprobando hasta dónde se ha llegado y preguntándote cuál es tu parte de responsabilidad.
Dicen que los animales —nosotros lo somos— no comprenden las palabras, pero sí el tono. Yo lo creo. Las palabras vienen del entendimiento; el tono, del corazón. Por eso una simple entonación puede decir más que mil palabras, aunque no sepamos explicarlo. Por eso puede herir tanto o acercar tanto. Las palabras se piensan, se preparan, se ensayan; el tono, no. El tono va por libre. Tarde o temprano, te delata. O le delata.
«Es que tienes la piel muy fina, si no te he dicho nada», decimos a quien herimos —o lo escuchamos de quien nos hiere—.
Y con frases así, solo empeoramos las cosas.
En esos momentos, el silencio o una disculpa habrían funcionado mejor. Pero ya es tarde: el daño está hecho. La brecha se abrió. Cayó la cortina y vimos el interior.
Y entonces sabes que ya no se puede continuar. Que eso se rompió. Que no tiene arreglo. Ni siquiera con esa técnica tan bonita —kintsugi, se llama— que utilizan los japoneses para unir con oro los pedazos de un jarrón roto que te encantaba.
Ya solo queda atravesar el duelo, recordar los buenos momentos y, eso sí, ser un buen examigo.n
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