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Opinión

Bajo las mismas danas y dioses

Por desgracia, no disponemos de un ‘diosómetro’ que nos permita medir la presencia de los dioses en los cuadrantes de los cielos. Resultaría un aparato muy útil, la verdad, pues sabríamos la dirección correcta a donde dirigirles nuestros rezos. O nuestros improperios, quién sabe. Mas tendremos que aguardar, ser pacientes, pues no hay nada de esa tecnología todavía en Amazon; ni siquiera un prototipo ideado por Elon Musk.

Pero no se me pongan tristes, que sí disfrutamos, en cambio, de sofisticados instrumentos meteorológicos que nos predicen sobre cuándo dichas divinidades van a montar en cólera, al menos en su variante atmosférica más conocida: una clase de rabieta suya monumental a la que llamamos dana. O sea, que su mala uva se descarga en lluvia torrencial, manifestándose por lo general en otoño y en la costa mediterránea española. Viene a ser nuestra ‘plaga de Egipto’ nacional, puntual todos los años. Es la manera con la que ellos nos expresan tanto su poderío celeste como su irascible temperamento, que, a la vista de las trombas de agua, cada vez más de película de catástrofes, evoluciona al alza año tras año, como todo lo malo que nos sucede de un tiempo a esta parte.

En un santiamén de lo más borrascoso, los dioses son capaces de reproducir hoy día todo ese diluvio universal que nos cuenta el Antiguo Testamento en la Biblia. Por cierto, qué joya de texto, el primero de mi niñez. No se puede tener mejor libro de ‘aventuras’ en la infancia, además de lo muy provechoso que le resulta a la mayoría de las ciencias sociales y las artes. De estas últimas, es una de sus más importantes fuentes iconográficas. Como ahora ya no se generaliza su lectura en las escuelas, los jóvenes acuden a las pinacotecas sin entender qué escenas representan muchos de sus cuadros. Desastroso.

En la Biblia leemos que un día Yahvé −el dios más divertidamente frenopático de toda la Antigüedad− no tuvo otra ocurrencia que poner al mundo entero a remojo. Al bueno de Noé, avisado en exclusiva por un ‘boletín meteorológico’ de su propio dios, le dio tiempo de construirse una suerte de cascarón gigantesco de madera en donde subir a bordo a toda su parentela y a cualquier bicho viviente que pasara por allí, hasta el extremo de convertirlo en una especie de zoológico, el primero de la historia. Además, flotante. Digno de verse.

Pero los diluvios estos de las danas, que hacen jirones nuestros paraguas y nos encogen de talla el alma, descargan en pocas horas tales caudales que, en mansa precipitación, podrían durar meses. Vienen a la carrera con prisas de asesino impaciente, con hambre de ahogar toda vida incapaz de respirar de su mano: el agua. Arranca a llover con tal frenesí que no da tiempo ni para poner a flote nuestra soberbia, que cree dominar la naturaleza con solo pulsar un botón.

En pocos días, Ibiza ha sufrido el azote de dos danas seguidas. En los momentos peores de su vorágine, el aire mutó en voraz catarata. Las burbujas, jadeantes, chocaban entre sí en cadena formando crestas de espuma. Dalt Vila sonaba a Iguazú, a Niágara. Costaba respirar bajo la lluvia, una cortina asfixiante de trillones de gotas adherida a la cara. Se echaba de menos ser pez, gozar de branquias y pillar el oxígeno directamente del agua.

Además de en Ibiza, en la Comunidad Valenciana, Tarragona y otros lugares de la costa mediterránea peninsular ha sucedido igual en esas fechas y a causa de lo mismo que en la isla, por no hablar de las funestas inundaciones acaecidas el otoño pasado en Valencia. Todos los habitantes de estas regiones estamos hermanados por idéntico fenómeno, la dana, tantas veces devenida en tragedia.

No solo es el territorio quien concede la condición del paisanaje. También el cielo puede ser dador de comunidades espaciales mediante algunos de sus múltiples fenómenos atmosféricos, como la dana en este caso. Ibicencos y valencianos, por ejemplo, pertenecemos al mismo ámbito ‘jurisdiccional’ de esta, a su misma ‘patria’ de lluvias descomunales. Ella nos somete por igual, haciéndonos bajar la cabeza, como vasallos resignados, aunque pueda ser a veces más indulgente −o severa− con unos que con otros. Tanto en Valencia como en Ibiza, el otoño se nos echa encima con similar manto de celajes amenazantes cada año. Y es que, además de unirnos el mar, también lo hace el cielo, aunque sea mediante perturbaciones atmosféricas. Hay toda una conexión umbilical que corre de ola en ola en el primero y de nube en nube en el otro.

De todo esto se deduce que a los dioses les gusta últimamente castigarnos juntos a los ibicencos y los valencianos. Como carezco de las habilidades de Noé en cuestiones de carpintería naval, renuncio a construirme un arca, si bien no creo que supere en dificultad a montar un mueble cualquiera de IKEA. En fechas otoñales, prefiero colocarme un kayak en la baca del coche en espera del diluvio de la siguiente dana. Y en vez de llevar una paloma que me traiga en su pico una rama de olivo que demuestre que la inundación remite, me agenciaré un dron en su lugar que haga lo mismo. Pero tranquilos, este no es ruso.

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